El círculo vicioso de la
ilegalidad.
Jorge
Olivera Castillo.
Decenas
de miles de cubanos visten, comen y calzan, gracias a las ventas ilegales de
cualquier producto, bien traído del extranjero o robado en algunas de las
dependencias estatales.
La
mayoría nada tiene que ver con el comercio de drogas, excepto las bebidas
alcohólicas, uno de los productos con mayor demanda entre la población. No
importa si el ron proviene de las destilerías oficiales o fue elaborado
primitivamente en el patio de una casa particular.
La
opinión de que borracho es la única manera de soportar el castrismo es tomada
al pie de la letra por un notable número de cubanos. Basta hacer un periplo por los parques y
portales de la capital para cerciorarse de que es así.
Por
momentos parece que las ilegalidades cuentan con algún margen de tolerancia.
Resulta paradójico que con tantos policías haya espacio para infringir las
leyes que penalizan las llamadas actividades económicas ilícitas.
En
la mañana del viernes 17 del mes en curso, tuvo lugar en el barrio capitalino
de Belén, en la Habana Vieja, uno de los operativos en que la policía arresta,
confisca y multa a los infractores.
Entre
los decomisos ocurridos en un segmento de la calle Compostela, figuraron
alrededor de 200 aguacates, jabones, bolsas de leche en polvo, maquinas de
afeitar, latas de atún, entre otras mercancías, que se expenden en varios
puntos de la ciudad.
Poco
después de la operación policial las ventas fueron reanudadas sin disimulos.
Las ofertas se hacen a viva voz en las aceras o desde el pórtico de una tienda
recaudadora de divisas.
La
prensa oficial se ha hecho eco del paulatino crecimiento de los trabajadores
por cuenta propia. Existen en la actualidad, según estimaciones del gobierno,
más de 400 mil personas que desempeñan algunas de las 200 actividades laborales
autorizadas.
Lo
difícil de saber es cuántos cubanos subsisten “por la izquierda”.
Una
valoración imparcial de la situación, indica que el problema hace tiempo escapó
del control.
La
inobservancia de la ley es parte de un estatus quo dictado por las
circunstancias.
Hasta
los que aparentemente han respetado las disposiciones legales, sacando la
licencia para poder ejercer su trabajo, deben recurrir al mercado negro en
busca de insumos y todo tipo de suministros.
Los
síntomas de anarquía están presentes en todo el país y la represión a fondo no
es rentable.
El
gobierno ha tenido que dosificar los castigos en aras de mantener los
necesarios equilibrios para la gobernabilidad.
En
Cuba es imposible vivir del trabajo honesto. Son las reglas del juego que
impuso una élite de poder que lamentablemente no acepta la derrota.
Para
colmo en vez de cambios estructurales que corrijan la sarta de disparates se
insiste en cubrir los errores con parches reciclados. El desbarajuste es total.
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