jueves, 6 de septiembre de 2012

TURISMO



                                           DOS MILLONES, ¿Y QUÉ?
                                                                                 Jorge Olivera Castillo.
No aparecen los remedios para aliviar, y mucho menos curar, las múltiples enfermedades que padece el socialismo de estirpe estalinista, que languidece en Cuba lenta e inexorablemente, a sus casi 54 años de existencia.
Los logros que se anuncian cada semana con el objetivo de desvirtuar el curso de la decadencia guardan mayor parecido a los fuegos artificiales que a algún otro efecto donde se perciban otros fulgores ajenos a las efímeras estéticas de la pirotecnia.
El fondo de las gavetas y los sitios más recónditos de la memoria siguen siendo los nichos donde se pudren los razonamientos más sensatos para rescatar al país de los tentáculos de la mediocridad y los nudos gordianos del estancamiento.
Las perspectivas obligan a inclinar la balanza a favor del pesimismo. La clase política que detenta el poder real se resiste a abandonar sus tesis, comprobadamente ineficaces, para dejar atrás los fantasmas del fracaso, una tropa que mortifica sin descanso a un sistema que simuló ser la réplica del paraíso en la tierra.
En sus postrimerías, y a efectos de una contabilidad sin manipulaciones, el balance es favorable a la trompetilla como homenaje, o la desilusión en la mejor definición del término, como posturas ante la omnipresencia de la las ruinas materiales y morales desperdigadas por toda Isla.
Ahora se presenta una nueva oportunidad para hacer creer que se avanza a buen paso por los caminos de unos éxitos tan cuestionables como las monsergas de las nigrománticas que en las inmediaciones del Capitolio Nacional cazan decenas de incautos semana tras semana. 
¿De qué sirve enterarse que el pasado 27 de agosto se alcanzó la cifra de 2 millones de turistas que visitaron a Cuba en lo que va del 2012 y que esta actividad aporta cada año a la economía nacional ingresos superiores a los 2 500 millones dólares?
Esos dineros chocan con la atrofia institucional y terminan difuminándose en corruptelas y planes absurdos que perpetúan una visión distorsionada de las urgentes necesidades para detener lo que puede culminar en una catástrofe de proporciones que  superen los estimados más modestos.
No es la primera vez que insisto en la pertinencia de desprenderse de conceptos estereotipados que han demostrado su nulidad al amparar soluciones especulativas, parciales, o que en el mejor de los casos tras un breve tiempo de efectividad, culminan bajo el peso mastodóntico de un estado que rehúsa compartir su hegemonía.    
Esas multimillonarias sumas provenientes del turismo, que en este caso ocupan el segundo lugar, tras la venta de servicios profesionales al exterior (6 000 millones anuales), pasarán inadvertidas entre una población condenada a enfrentar la imparable decadencia de los servicios, la inflación, el desabastecimiento, los bajos salarios y toda una gama de factores que compulsan a la alienación en sus diversas variables.
Sobre el tablero de las reformas, que se implementan o se discuten, tienen que estar importantes temas políticos y sociales, y valga decirlo sin condescendencias, que no desde un punto de vista marginal.
Aparte de profundizar en los cambios económicos, es pertinente la legitimación de los derechos ciudadanos ante un gobierno que no da tregua en sus políticas de acoso, prohibiciones y encarcelamientos por razones no tan solo de naturaleza política.
Sin aumentar los niveles de inversión extranjera, modernizar los mecanismos de distribución, descentralizar una serie de actividades que pertenecen al ámbito de las libertades individuales (viajar al exterior sin la venia de los funcionarios de inmigración, criticar al gobierno, fundar una agrupación al margen de instituciones oficiales, entre otras), serán ilusorias las oportunidades de interrumpir la sucesión de fiascos, con la excepción  de los mecanismos represivos que conservan su eficacia, gracias a las generosas asignaciones financieras recibidas cada año.
Que se eleve el número de visitantes foráneos no quiere decir que el nivel de vida de los cubanos tendrá un ascenso notable a partir de las recaudaciones por este concepto.
Ni triplicándose hay garantías de que esto suceda. Mientras tanto, la burocracia y la élite de poder añaden dígitos a sus fortunas.
La corrupción marcha viento en popa y a toda vela sin que aún alcance niveles que amenacen con derrumbar la arquitectura ideológica del partido-gobierno.
Para que la situación no se salga de control, de vez en vez, se procede a puntuales medidas ejemplarizantes contra funcionarios de nivel bajo y medio.
La cúpula y sus más cercanos colaboradores siguen en pleno disfrute de lo mejor del capitalismo dentro de un sistema no apto para calificativos decentes.
Esos dineros que se evaporan del tesoro nacional ya tiene sus destinos predeterminados. No solamente se puede pensar en las cajas fuertes. Hay otros sitios más seguros alrededor de este mundo tan complejo.   




                                                                           

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