EQUILIBRAR
LA BALANZA.
Jorge Olivera Castillo.
Sería
una de verdad de Perogrullo, decir que el impacto de las nuevas tecnologías de
la comunicación ha sido una oportunidad de oro para una discreta ampliación del
espectro contestatario dentro de Cuba.
Con
la proliferación de los blogs y los teléfonos celulares, los puntos de vistas
críticos pueden ser enviados en segundos al mundo entero a través de twitter o
simplemente publicarlos en las bitácoras personales sin que hasta ahora el
gobierno pueda impedirlo de manera permanente.
Es
cierto que gracias a estas plataformas de difusión, la realidad interna en lo
tocante a la represión o algún otro evento de importancia y que no es reflejado
por los medios de prensa oficialistas, llega a millones de personas y a decenas
de relevantes instituciones cada semana, sin embargo hay que también destacar
las limitaciones para forjarse un criterio objetivo de un asunto que tiende a
interpretarse desde una óptica demasiado triunfalista.
¿Cuál
podría ser la incidencia dentro de las fronteras nacionales, si la gran mayoría
de los cubanos no tiene computadora, ni posibilidades de conectarse a internet?
¿Cuántos
cubanos estarían en capacidad de convertirse en twitteros, si cada envío cuesta
poco más de un dólar, en un país donde el salario promedio es de alrededor de
20 dólares al mes?
La
entrada de los blogueros al asediado entorno de la disidencia, es un paso
positivo y sin dudas necesario, pero esto es preciso verlo como la culminación
de un proceso que abarca más de tres décadas de esfuerzos sostenidos por parte
de centenares de activistas pro derechos humanos, opositores políticos,
bibliotecarios y periodistas independientes, entre una extensa gama de
agrupaciones que han desafiado el poder totalitario a un elevado costo físico y
psicológico.
Con
estas alusiones no albergo ningún propósito mezquino contra las nuevas
generaciones que recalco, juegan un papel significativo en la lucha pacífica a
favor de un Estado de Derecho.
De
manera diáfana y sin que medien falsos elogios, hago públicas mis congratulaciones
de que se hayan extendido los márgenes de la disidencia con el auge de las
actividades relacionadas con el ciberespacio y la telefonía móvil.
Si
quiero llamar la atención respecto a los peligros del sobredimensionamiento.
Pienso que la cuestión principal radica en influir en intramuros y esa
probabilidad está lejos de concretarse mediante el uso de la red de redes.
No
temo equivocarme al afirmar que los entidades políticas y civilistas que
realizan su activismo casa por casa y desde hace décadas, cuentan con mejores
posibilidades de ganar adeptos, a pesar del acoso y todos los riesgos asociados
a su labor.
Para
optimizar la eficacia de la contienda política frente a un régimen que apuesta
por el atrincheramiento y en aras de ayudar a la cohesión de las fuerzas
implicadas en un cambio en toda la extensión de la palabra, sería saludable
lograr un balance a la hora de premiar otros sacrificios no menos
sobresalientes en la larga lucha contra el castrismo.
Aunque
no se viertan de manera pública por razones obvias, corren rumores que podrían
ser el germen de lamentables rupturas en un futuro mediato.
Las
divisiones pueden sobrevenir de muchas formas y estos desequilibrios pudieran
atizar resquemores que retrasarían la imperiosa articulación para enfrentar con
mayor éxito al adversario común.
No
sería sensato enrarecer el ambiente de por sí tenso por múltiples causas. Solo
hace falta trabajar por un equilibrio que ponga en perspectiva el valor y la
tenacidad de otras personas que han dejado su impronta en un conflicto plagado
de exilios, encarcelamientos y muertes.
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