TRAS LAS HUELLAS DE OTRA INFAMIA.
Jorge Olivera Castillo.
No sorprende que, en el transcurso del 2012, emerjan otras páginas infames del castrismo. Esta vez con el involucramiento, nada más y nada menos, que de la reconocida firma sueca IKEA, dedicada a la fabricación de muebles.
Ya se sabe de la utilización de presos cubanos en producciones contratadas por esta transnacional, en 1987.
Lo que falta por esclarecer, es bajo qué condiciones los reos fueron enrolados en las respectivas manufacturaciones.
Es conocido que en el mundo carcelario, se contempla el trabajo como un beneficio por buena conducta y también como una posibilidad incluida dentro del reglamento penitenciario tras vencer parte de la condena.
Al menos en el caso de Cuba, y digo esto con conocimiento de causa, se abre el margen de las probabilidades para que los presos sean utilizados en labores inhumanas, fundamentalmente en la agricultura y en la construcción. El adjetivo usado no excede una realidad que mucho tiene que ver con los métodos esclavistas.
No tengo las suficientes evidencias para emitir un juicio generalizador, pero en no pocas cárceles cubanas es natural que cientos de reos trabajen como animales por una mínima remuneración.
A esto habría que añadir los alimentos caracterizados por una pésima cocción, bajos en calorías, al compararlos con los esfuerzos empleados en cumplir las normas, y servidos sin atenerse al acatamiento de imprescindibles regulaciones higiénicas.
En ocasiones la decisión de irse a trabajar bajo estas condiciones, llega de forma voluntaria. La lógica carcelaria indica que es preferible aprovechar la menor oportunidad para restarle rigor al encierro. Temporalmente se alivia el peso del hacinamiento en los cubículos, el asfixiante calor multiplicado por la falta de conductos de ventilación y los riesgos de estar en medio de las refriegas que ocurren día a día como reacciones a un ambiente de crispaciones y desconsuelos.
La circunstancias determinan que una parte significativa de los condenados por delitos comunes, den el paso al frente a la solicitud de los jefes para deshierbar a mano varias caballerías de tierra o manipular cabillas y ladrillos, sin guantes y semidescalzos.
No asombra enterarse que la contratación de los reos cubanos se produjo por parte de la filial de IKEA en la antigua República Democrática Alemana.
Las estrechas relaciones entre la Cuba de Fidel Castro y la Alemania de Erich Honecker (1971-1989), permitían estos tipos de hechos repulsivos.
Todavía en la Isla se padecen las consecuencias de la asesoría brindada por los servicios secretos del país centroeuropeo, posteriormente absorbido por su contraparte capitalista, tras la caída del Muro de Berlín.
Los métodos para convertir el miedo, en denominador común por medio de la tortura psicológica, se continúan practicando tal y como lo impartieron los oficiales de la desaparecida STASI.
Enterarse que reos de este país también estuvieron en las plantillas de IKEA, más que una noticia es un refrito. ¿Qué destino puede esperarse para los presos en un sistema que en su conjunto funciona como un cuartel donde la menor desobediencia al Estado es un sacrilegio a pagar de la peor manera?
Ahora lo importante es una investigación a fondo del asunto.
Al remover esos lodos de un pasado, aún presente en Cuba, puede que salgan a la palestra pública, otras manchas morales y éticas que pongan en entredicho la propaganda en torno a una revolución socialista que pintan de humanitaria y justa.
Es impensable que un veredicto adverso contra la firma sueca, afecte su posición en el mercado internacional de muebles, pero pondrá en perspectiva los riesgos de comerciar con dictaduras, sobre todo las que han retoñado del árbol estalinista.
Además será una nueva oportunidad para demostrar lo que sucede cuando un partido se yergue como entidad política única y con poderes extraordinarios.
Los presos, de comprobarse una confabulación para sacar provecho del trabajo esclavo, deberían ser recompensados.
Los directivos de IKEA tienen la última palabra.
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