PROFILAXIS.
Jorge Olivera Castillo. Sindical Press.
El régimen cubano ha asumido, al pie de la letra, la máxima de Antolín El Pichón, uno de los actores humorísticos más populares de los escenarios nacionales.
En uno de los programas televisivos emitidos el pasado año, el personaje terminaba cada intervención con aquello de: !El que me haga sombra, se va!
Tal postura encuentra fundamento en un hecho acontecido hace apenas unos días con la cadena de noticias qatarí, Al Jazeera.
La entidad periodística decidió cerrar su oficina en La Habana a causa del constante acoso contra su corresponsal Moutaz Al Qaissia.
El caso expone una irrevocable tendencia a dejar intactos los muros de la censura.
Las agencias de prensa que no acaten las reglas, algunas de estas, ¿la mayoría?, no escritas y que en la práctica obligan a ciertos acomodos para evitar la expulsión o represalias tales como, amenazas anónimas, insultos, descalificaciones y robos, trabajan en perpetua zozobra.
En varias oportunidades, debido a las presiones, la alternativa ha consistido en abandonar el país, sin mediar comunicación oficial alguna. De esta manera se desembarazan de los corresponsales incómodos a un costo político menor.
Entre las causas de la partida de este periodista jordano- palestino, que cursó estudios de Telecomunicaciones en La Habana, entre el 2000 y 2004, aparecen las obstrucciones del gobierno para la entrada de un automóvil y la negativa a otorgarle una autorización para abrir una cuenta bancaria.
Es impensable que a corto y mediano plazo la situación vaya a cambiar. Salvo puntuales permisividades, las informaciones procedentes de las agencias de prensa acreditadas, continuarán bajo la estricta supervisión de los departamentos encargados de esas labores, tanto los del Partido como los de la Contrainteligencia. Los límites de la tolerancia seguirán tan borrosos como siempre.
En el colimador del oficialismo no solo están los periodistas extranjeros; los diplomáticos que decidan saltar las barreras impuestas por la élite de poder, también se exponen a las operaciones sucias que vulneran la Convención de Viena, pero que no dejan de aplicarse.
La simple observación de un acto de repudio contra un opositor, basta para que se apliquen los correctivos que el gobierno emplea sin medias tintas.
Abucheos en la vía pública, campañas difamatorias, neumáticos pinchados, cortes en el servicio de electricidad y agua en sus respectivos domicilios, son parte de los efectos a soportar por los diplomáticos, a causa de su decisión a darle una cobertura más integral a sus responsabilidades durante su estancia en la Isla.
En esencia el sistema apenas ha cambiado desde que Raúl Castro asumió oficialmente la presidencia del país, en el 2008.
Proceder a una apertura significativa, en cualquier rubro, sería demasiado riesgoso para una cúpula de poder que mantiene su preponderancia gracias al control social, la centralización de la economía y el exclusivismo político bajo la égida del partido comunista.
Nadie queda a salvo de las arbitrariedades. Por supuesto que a los cubanos les toca una cuota adicional de peligros.
El reportero de Al Jazeera podría considerarse un privilegiado. Con un pasaje de avión expiró su calvario. A los periodistas independientes cubanos les aguardan destinos menos alentadores.
No es un espejismo que en Cuba los carceleros, a menudo, hagan sonar sus llaves con el objetivo de recordar su ingrata omnipresencia.
Muy cerca, en sus cuarteles, las tropas parapoliciales esperan por las órdenes, en plena disposición combativa, con los garrotes en alto y sus gargantas listas para llevar a cabo con precisión de francotiradores los correspondientes linchamientos verbales.
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