lunes, 22 de abril de 2013

DISIDENCIA


                                             EQUILIBRAR LA BALANZA.
                                                                        Jorge Olivera Castillo.
Sería una de verdad de Perogrullo, decir que el impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación ha sido una oportunidad de oro para una discreta ampliación del espectro contestatario dentro de Cuba.
Con la proliferación de los blogs y los teléfonos celulares, los puntos de vistas críticos pueden ser enviados en segundos al mundo entero a través de twitter o simplemente publicarlos en las bitácoras personales sin que hasta ahora el gobierno pueda impedirlo de manera permanente.
Es cierto que gracias a estas plataformas de difusión, la realidad interna en lo tocante a la represión o algún otro evento de importancia y que no es reflejado por los medios de prensa oficialistas, llega a millones de personas y a decenas de relevantes instituciones cada semana, sin embargo hay que también destacar las limitaciones para forjarse un criterio objetivo de un asunto que tiende a interpretarse desde una óptica demasiado triunfalista.
¿Cuál podría ser la incidencia dentro de las fronteras nacionales, si la gran mayoría de los cubanos no tiene computadora, ni posibilidades de conectarse a internet?
¿Cuántos cubanos estarían en capacidad de convertirse en twitteros, si cada envío cuesta poco más de un dólar, en un país donde el salario promedio es de alrededor de 20 dólares al mes?
La entrada de los blogueros al asediado entorno de la disidencia, es un paso positivo y sin dudas necesario, pero esto es preciso verlo como la culminación de un proceso que abarca más de tres décadas de esfuerzos sostenidos por parte de centenares de activistas pro derechos humanos, opositores políticos, bibliotecarios y periodistas independientes, entre una extensa gama de agrupaciones que han desafiado el poder totalitario a un elevado costo físico y psicológico.
Con estas alusiones no albergo ningún propósito mezquino contra las nuevas generaciones que recalco, juegan un papel significativo en la lucha pacífica a favor de un Estado de Derecho.
De manera diáfana y sin que medien falsos elogios, hago públicas mis congratulaciones de que se hayan extendido los márgenes de la disidencia con el auge de las actividades relacionadas con el ciberespacio y la telefonía móvil.
Si quiero llamar la atención respecto a los peligros del sobredimensionamiento. Pienso que la cuestión principal radica en influir en intramuros y esa probabilidad está lejos de concretarse mediante el uso de la red de redes.
No temo equivocarme al afirmar que los entidades políticas y civilistas que realizan su activismo casa por casa y desde hace décadas, cuentan con mejores posibilidades de ganar adeptos, a pesar del acoso y todos los riesgos asociados a su labor.
Para optimizar la eficacia de la contienda política frente a un régimen que apuesta por el atrincheramiento y en aras de ayudar a la cohesión de las fuerzas implicadas en un cambio en toda la extensión de la palabra, sería saludable lograr un balance a la hora de premiar otros sacrificios no menos sobresalientes en la larga lucha contra el castrismo.
Aunque no se viertan de manera pública por razones obvias, corren rumores que podrían ser el germen de lamentables rupturas en un futuro mediato.
Las divisiones pueden sobrevenir de muchas formas y estos desequilibrios pudieran atizar resquemores que retrasarían la imperiosa articulación para enfrentar con mayor éxito al adversario común.
No sería sensato enrarecer el ambiente de por sí tenso por múltiples causas. Solo hace falta trabajar por un equilibrio que ponga en perspectiva el valor y la tenacidad de otras personas que han dejado su impronta en un conflicto plagado de exilios, encarcelamientos y muertes.

          

           

  
 
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SOCIEDAD



                                                     POLLO EXTRAVIADO.
                                                                        Jorge Olivera Castillo.
Si no fuera por los productos racionados, muchos dependientes estatales y empleados de las respectivas entidades suministradoras,  no tendrían automóviles, casas, prendas de lujo y todo lo que no está al alcance del cubano promedio.
Desde que se implantó la libreta de racionamiento en los primeros años de la década del 60 del siglo XX, el timo al consumidor, el desvío de recursos y el parasitismo social se fueron convirtiendo en el distintivo de una revolución que realmente concluyó apenas 9 años después de su estreno en enero de 1959.
Con la eliminación de los últimos vestigios capitalistas en 1968 se procedió a consolidar un nuevo orden basado en el igualitarismo y en la peregrina idea de crear el hombre nuevo: un ser humano honesto, listo para cualquier sacrificio por la patria y con valores éticos y morales extraordinarios.
A medida que transcurría el tiempo, las cosas tomaron rumbos opuestos. La doble moral fue cimentándose y el empeño principal de los cubanos, determinado por el mandato de la supervivencia, se fundamentó en sacar adelante la economía familiar sin detenerse en la legalidad o no de los procedimientos.
Al no haber cambios dentro de las estructuras estatales la situación es la misma. Solo que en la actualidad, en el caso referido aquí, las ganancias obtenidas por las trampas al uso, son mucho menores a raíz de la paulatina reducción de la canasta básica debido a los graves problemas económicos.
Ya no es posible que los dependientes de los locales donde se reparten las exiguas cuotas de alimentos y artículos de aseo, amasen jugosas fortunas como en los años de las vacas gordas, cuando la ex Unión Soviética y sus satélites garantizaban los suministros sin interrupciones.
Entre las tácticas para consumar los despojos, aparte del trabajo sucio en las básculas, habría que mencionar un término que se explica por sí solo: faltante.
El ciudadano Raúl Fernández Suárez, residente en el municipio capitalino de Marianao, es uno de los afectados por las 42 libras de pollo que no llegaron a la carnicería como parte del plan que asigna 11 onzas per cápita, dos veces al mes, según reportó el diario Juventud Rebelde en la sección Acuse de Recibo en su edición del 3 de abril.
Desde enero, las reclamaciones han caído en saco roto. Sin embargo alberga esperanzas de que en este mes se resuelva el entuerto.
Es razonable la duda de que el pollo no entregado de acuerdo a las estipulaciones vigentes, haya terminado en la mesa de clientes que pueden pagarlo hasta 10 veces por encima del costo establecido.
Es algo que sucede a menudo y que habrá que soportar mientras no se liberalice el comercio minorista y entren en vigor leyes que verdaderamente protejan al consumidor.
Tanto en los comercios bajo la tutela del estado como los que funcionan con cierta independencia, se ha entronizado la complicidad entre la administración, los inspectores y la empleomanía para apropiarse de los bienes ajenos.
La confabulación para expoliar más que una intención, es una cultura generalizada que mantiene invertida la escala de valores.
¿Qué país puede funcionar mínimamente bien, si los ladrones viven mejor que los trabajadores honestos?
¿Cómo se explica que los profesionales, entre estos los pertenecientes al sistema de salud pública, estén en los puntos más bajo de la escala social al compararlos con el vasto ejército de parásitos que se la agencian para multiplicar sus magros salarios en detrimento del prójimo?
Termino con otra pregunta: ¿Obtendrá su cuota de pollo Raúl Fernández?               


        
      
          




SOCIEDAD CIVIL



                            LOS RETOS DE LA DESOBEDIENCIA CIVIL.
                                                                                  Jorge Olivera Castillo.
Aunque haya decenas de opositores empeñados en articular un movimiento nacional de desobediencia civil en Cuba, las circunstancias no favorecen sus perspectivas.
Salvo aislados episodios donde habría que destacar el derroche de coraje contra fuerzas monumentalmente superiores, la situación habría que identificarla como eventos simbólicos con muy poca trascendencia en el aspecto político.
La brutalidad empleada por los grupos parapoliciales contra cada intento de llevar la protesta a las calles, reduce las oportunidades de que aumente de manera significativa el número de personas en este tipo de lucha.
En vez de la multiplicación, tales acciones derivan en más reservas en el momento de decidir el alistamiento en algunas de las agrupaciones que han optado por llevar a cabo las exigencias prodemocráticas en la vía pública.
Sería poco objetivo e innoble negar el valor de quienes ponen en riesgos sus vidas en las refriegas donde son apabullados por las turbas, pero valdría la pena preguntarse: ¿cuáles son  los beneficios a no ser las denuncias que terminan diluyéndose en una selva mediática, abarrotada de problemas más graves y que funciona a partir de puntuales intereses geopolíticos dentro de los cuales el tema cubano no es prioritario?
A partir de la complementariedad en el difícil escenario interno, estas impugnaciones en las calles cobran cierta importancia, sin dejar de reconocer que su influencia es limitada, al igual que otras iniciativas empleadas en la disputa por el cambio; con la salvedad de que en este caso la cuota física y psicológica a pagar es considerablemente mayor.
Entre los defensores de la desobediencia civil como método de presión para acabar con la dictadura, sobresalen los argumentos sobre su efectividad en otras naciones sin detenerse en analizar las especificidades culturales, sociológicas e históricas que posibilitaron la victoria, bien parcial o total, de las respectivas demandas.
En los países donde han tenido éxito las reivindicaciones de carácter económico, político, sindical o de otra índole, es notoria la existencia de una sociedad civil que ha funcionado como un engranaje a través del cual se han viabilizado y visibilizado las protestas.
Un ejemplo a citar a modo de ilustración, es el de las luchas antirracistas en los Estados Unidos que alcanzaron su clímax en la década del 60 del siglo XX.
De no ser por la resonancia del tema en los medios (libertad de expresión mediante), la contribución de las iglesias protestantes y un marco institucional democrático, con su  consabida división de poderes, otro hubiese sido el final de las batallas por la igualdad racial.
No hago alusión a un potencial fracaso del movimiento que defendió los derechos civiles de la población afro norteamericana sino a la tardanza en amasar el triunfo con su añadidura de muertes y atrocidades.
Hasta el momento ninguna reclamación de respeto a los derechos humanos o de transformaciones medulares del estatus quo realizada en público, ha provocado la adhesión de un número considerable de personas. La solidaridad ha sido excepcional o en el mejor de los casos a cierta distancia del lugar de los hechos.
Cada paliza a los protagonistas de las protestas queda grabada en la mente de quienes observan y rumian su defensa ante los abusos.
La decisión es mantenerse al margen y continuar enfrascados en las inaplazables operaciones de supervivencia.
Después a comentar los incidentes con la familia y las amistades cercanas. Y finalmente  afirmar que lo sucedido fue un acto de valentía o una locura.