miércoles, 12 de diciembre de 2012

MÚSICA



                                      REGGAETONEROS EN EL COLIMADOR.
                                                                           Jorge Olivera Castillo.
La vulgaridad en los textos musicales que ahora pretenden eliminar a golpe de decretos, no es un asunto que atañe solamente al mundo del pentagrama. El problema apunta a ser uno de los fenómenos sociológicos más complejos y extendidos entre la población cubana.
Para entender el problema en su contexto, es preciso detenerse en la paulatina degradación del lenguaje donde hoy son comunes las expresiones soeces y obscenas en esquinas, bares, cines, escuelas y hogares.
La decencia y el recato devienen en posturas excepcionales. Lo que impera en niños, jóvenes y adultos es el hablar a gritos con términos impronunciables.
A modo de síntesis se puede afirmar que estamos ante la estandarización del mal gusto y la chabacanería.
Al escuchar la ordinaria fraseología en muchas de las canciones, principalmente en el reggaetón, se perciben los reflejos de la descomposición social.
Los que bailan al compás de esos textos, hacen el coro y agitan sus cuerpos como poseídos por el mismísimo demonio, son de forma casi exclusiva, los cubanos nacidos en los años 80 y 90 del siglo pasado.
Esta empatía entre miles de jóvenes y las piezas musicales atestadas de ataques contra la mujer, insinuaciones sexuales explícitas y estímulos para el uso violencia física contra el prójimo, refleja la orfandad de patrones éticos y morales. Algo que ha echado raíces y que no será fácil erradicar, sean cuales sean las medidas a poner en práctica.
No se puede perder de vista que ya existe un mercado de notables proporciones. Tras la censura, vendrá el auge del mercado negro donde el trasiego de textos prohibidos, de antigua o reciente factura, será un hecho incuestionable.
Modelar el gusto, cuando la atrofia psicosocial ya llegó a sus puntos más altos, es perder el tiempo. Además, los elementos que reproducen la enajenación se mantienen incólumes: salarios de miseria, falta de empleo, crisis habitacional, sostenida inflación, obligatoriedad a participar en la economía subterránea como medio de supervivencia y necesidad de simular devoción por el sistema de partido único, por solo mencionar algunos.
Vivir en los márgenes de la sociedad, se ha convertido en un estatus de mayorías y eso tiene sus costos. El alcohol, las drogas y menearse a ritmo de reggaetón son parte de los paliativos contra la desesperanza y el tedio.
 El Instituto Cubano de la Música (ICM), ha anunciado que despojará del aval (licencia para ejercer la profesión) a los intérpretes de temas musicales vulgares y que también sancionará a quienes permitan su difusión pública.
No descarto la aparición de extremistas que extiendan los límites de las prohibiciones y dejen de transmitirse canciones sospechosas de no cumplir con los parámetros establecidos.
En un país marcado por la censura, no es raro que ocurran este tipo de cosas. Siempre habrá cobertura para que se vulneren los derechos individuales del ciudadano.
Al no existir protección ante los excesos del gobierno, cualquier compositor o intérprete puede caer en desgracia por componer una canción políticamente incorrecta.
Junto a la autocensura, de seguro que en menor escala que en épocas pretéritas de nuestra “dictadura del proletariado”, se desarrollará la astucia para burlar los controles, sobre todo por parte de la gente dispuesta a vender los reggaetones censurados, al mejor postor.



 
  
             
     

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