REGGAETONEROS EN EL
COLIMADOR.
Jorge Olivera Castillo.
La
vulgaridad en los textos musicales que ahora pretenden eliminar a golpe de
decretos, no es un asunto que atañe solamente al mundo del pentagrama. El
problema apunta a ser uno de los fenómenos sociológicos más complejos y
extendidos entre la población cubana.
Para
entender el problema en su contexto, es preciso detenerse en la paulatina
degradación del lenguaje donde hoy son comunes las expresiones soeces y
obscenas en esquinas, bares, cines, escuelas y hogares.
La
decencia y el recato devienen en posturas excepcionales. Lo que impera en
niños, jóvenes y adultos es el hablar a gritos con términos impronunciables.
A
modo de síntesis se puede afirmar que estamos ante la estandarización del mal
gusto y la chabacanería.
Al
escuchar la ordinaria fraseología en muchas de las canciones, principalmente en
el reggaetón, se perciben los reflejos de la descomposición social.
Los
que bailan al compás de esos textos, hacen el coro y agitan sus cuerpos como
poseídos por el mismísimo demonio, son de forma casi exclusiva, los cubanos
nacidos en los años 80 y 90 del siglo pasado.
Esta
empatía entre miles de jóvenes y las piezas musicales atestadas de ataques
contra la mujer, insinuaciones sexuales explícitas y estímulos para el uso
violencia física contra el prójimo, refleja la orfandad de patrones éticos y
morales. Algo que ha echado raíces y que no será fácil erradicar, sean cuales
sean las medidas a poner en práctica.
No
se puede perder de vista que ya existe un mercado de notables proporciones.
Tras la censura, vendrá el auge del mercado negro donde el trasiego de textos
prohibidos, de antigua o reciente factura, será un hecho incuestionable.
Modelar
el gusto, cuando la atrofia psicosocial ya llegó a sus puntos más altos, es
perder el tiempo. Además, los elementos que reproducen la enajenación se mantienen
incólumes: salarios de miseria, falta de empleo, crisis habitacional, sostenida
inflación, obligatoriedad a participar en la economía subterránea como medio de
supervivencia y necesidad de simular devoción por el sistema de partido único,
por solo mencionar algunos.
Vivir
en los márgenes de la sociedad, se ha convertido en un estatus de mayorías y
eso tiene sus costos. El alcohol, las drogas y menearse a ritmo de reggaetón
son parte de los paliativos contra la desesperanza y el tedio.
El Instituto Cubano de la Música (ICM), ha
anunciado que despojará del aval (licencia para ejercer la profesión) a los
intérpretes de temas musicales vulgares y que también sancionará a quienes
permitan su difusión pública.
No
descarto la aparición de extremistas que extiendan los límites de las
prohibiciones y dejen de transmitirse canciones sospechosas de no cumplir con
los parámetros establecidos.
En
un país marcado por la censura, no es raro que ocurran este tipo de cosas.
Siempre habrá cobertura para que se vulneren los derechos individuales del
ciudadano.
Al
no existir protección ante los excesos del gobierno, cualquier compositor o
intérprete puede caer en desgracia por componer una canción políticamente
incorrecta.
Junto
a la autocensura, de seguro que en menor escala que en épocas pretéritas de
nuestra “dictadura del proletariado”, se desarrollará la astucia para burlar
los controles, sobre todo por parte de la gente dispuesta a vender los
reggaetones censurados, al mejor postor.
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