MUERTE A PLAZOS.
Jorge Olivera Castillo.
Las
últimas fotografía de Allan Gross, me recuerdan a los internados en Auschwitz,
el tristemente célebre campo de concentración que Hitler ordenó construir en
Polonia, poco después de anexar este país al imperio alemán.
La
instantánea que trae a mi memoria ese oscuro pasaje de la historia fue tomada
este mismo año, en los predios del Hospital Finlay, donde el subcontratista
norteamericano purga su condena de 15 años por traer equipos de comunicación
para la pequeña comunidad judía asentada en Cuba.
Su
deplorable imagen, no concuerda con los partes oficiales. Una simple
observación echa por tierra las versiones edulcoradas sobre la salud del reo.
El
contraste en lo que se afirma y la realidad que sobresale en las fotografías,
refuerza la tesis sobre una intención de tintes macabros desde el mismo momento
en que Gross fue detenido en La Habana, el 3 de diciembre de 2009.
No
es un secreto que la causa de mayor relevancia que motivó el arresto y la fuerte
sanción carcelaria, se basó en una calculada estrategia para presionar a la
administración Obama en cuanto a la liberación de los 5 espías cubanos qu nguen
sanciones en cárceles estadounidenses, desde 1998.
Los
voceros del régimen cubano no se esconden en plantear el intercambio de
prisioneros como única salida a un tema que ha congelado las posibilidades de
avanzar en una recomposición de las relaciones entre ambos países, tal y como
lo ha planteado el inquilino de la Casa Blanca.
La
reticencia a aceptar la propuesta, explica los sucesivos aplazamientos para un
desenlace del problema.
Razones
sobran para entender la postura norteamericana. Allan Gross no es un espía. Las
cuatro o cinco veces que entró a la Isla lo hizo sin nombres falsos, ni
instrumentos para obtener información sensible, algo que difiere de las
evidencias presentadas en el juicio a los cinco agentes de la Inteligencia
cubana.
Respecto
a la grotesca trama, no parece haber una solución a corto plazo salvo que la
salud de Gross se quebrante más de lo que se supone esté y haya peligro de
muerte.
La
apuesta de sus captores es conservarlo tras las rejas el mayor tiempo posible
con el fin de agotar la resistencia de Obama a acceder al canje.
Su
imagen indica lo peor, si permanece dentro del cerco tendido por el destino. Es
inútil exagerar ante su huesuda apariencia, el rostro marcado por el
agotamiento y una mirada que permite el acceso a un alma asediada por las
sombras de la incertidumbre.
Prefiero
equiparar a Allan Gross con Viktor Frankl, el psiquiatra austriaco que
sobrevivió a los tormentos padecidos en Auschwitz, y no con alguno de los más
de dos millones de seres humanos que perdieron la vida en aquel infierno
terrenal.
Salvando
las distancias entre Adolfo Hitler y Raúl Castro, entre el famoso campo de
concentración nazi y la celda donde sobrevive un hombre de 63 años que aparenta
80, es preciso no olvidar que la probabilidad de morir en una cárcel cubana, de
sufrimiento, enfermedad mal atendida o por secuelas de una paliza, son altas.
Esperemos
que se desate el nudo gordiano. De prolongarse esa posibilidad, el rehén
estadounidense puede que no regrese vivo a su hogar.
De
veras no sé cómo logra sostenerse en pie después de haber perdido tanto peso
corporal.
Es
hora de que retorne a su país. La tardanza puede ser fatal.
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