OJO POR OJO.
Jorge Olivera Castillo.
El afán por destruir y amargarle la vida al prójimo, más allá de conducta pasajeras, es hoy en Cuba algo que se practica masivamente sin distinciones de edad y sexo.
No solo voy a referirme al hecho de arruinarles la tranquilidad a los vecinos con altavoces que semejan andanadas de grueso calibre en forma de reggaetón, salsa o baladas, casi siempre arrojadas al éter sin acicalamientos sonoros. Lo importante es el alcance de la onda expansiva de decenas de canciones programadas para torturar a la mayor cantidad de personas posible.
Para colmo de males hay veces que la impugnación al escándalo es otro escándalo similar, también a golpe de estridencias musicales. Cuando suceden estas luchas a nivel de cuadra, el infierno resulta ser una ridícula analogía.
Aunque se llame la atención en los medios de prensa sobre el asunto y existan leyes para multar a los transgresores, estos ejemplos de incivilidad se multiplican.
Procurar soluciones personales a través de la persuasión, es una vía segura para enfrentar groserías y agresiones físicas de parte de los infractores.
La proliferación de actitudes como las aquí descritas, se insertan dentro del proceso involutivo generalizado, en que los parámetros de educación formal exhiben una caída en picada muy difícil de restablecer en la medida que se sigan prolongando los plazos para la iniciación de los respectivos cambios estructurales.
Hace pocos días leía en el periódico Juventud Rebelde la alerta de un ciudadano llamado Vladimir residente en la localidad de Remedios, ubicada en el centro del país, en relación al “canibalismo” de que es objeto el estadio de béisbol.
De nada sirvió el remozamiento de la instalación, ocurrido en el 2010. Según el autor de la denuncia publicada en la sección Acuse de Recibo, han sido robados varios metros de cerca, bloques, entre otros elementos constructivos.
Lo penoso de la situación es que esto ocurre en cualquier sitio de la geografía cubana, sin exceptuar ningún área. Hasta las entidades que brindan servicio al turismo internacional se encuentran a merced del saqueo, aunque a menor escala, en comparación con lo que ocurre en el resto de empresas, fábricas, escuelas, hospitales y espacios al aire libre.
Las campañas de concientización para que se cuiden y respeten las propiedades del estado, es decir más del 90 %, caen en oídos sordos.
Con total seguridad es factible afirmar que existe una cultura del despojo. Lo que se repara hoy, es destruido mañana. Pudiera parecer una interpretación tendenciosa, pero la realidad fundamenta las opiniones más sombrías.
Es raro observar una escuela sin los ventanales destruidos, despintada y el piso mugriento. Las mismas coordenadas sirven para la red hospitalaria que incluye camas destartaladas, lámparas sin bombillas e inodoros también despojados de parte de sus piezas.
En el edificio donde vivo, apenas quedan barandas en la escalera y a la puerta le han arrancado la cerradura en tres oportunidades.
Ni los bancos de concreto en los parques, se salvan de la destrucción. Sustituir la madera por el cemento con el fin de evitar la rotura o el despojo, no ha tenido los resultados previstos.
Tales incidencias continúan produciéndose en toda la Isla. Parece una catarsis colectiva. Una manera de desquitarse los golpes que reparte meticulosamente el socialismo real.
En cualquier momento, la anarquía puede romper los diques y desbordarse con la furia de un tsunami. El desastre está en ciernes.
Aquí seguimos como equilibristas en el alero, por culpa de una claque de tarambanas encaramados en la cima del poder.
Abajo, sombras y concavidades. El abismo.
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