miércoles, 26 de febrero de 2014

POLÍTICA


                                                  EL EMBARGO, MITO Y REALIDAD.
                                                                                    Jorge Olivera Castillo.
El hecho de que 56% de los estadounidenses y 62% de los hispanos estén a favor del levantamiento del embargo al régimen de La Habana, según un sondeo efectuado recientemente, no es motivo para pensar en su derogación a corto plazo.
Ningún presidente norteamericano se atreverá a potenciar un acuerdo, mientras los mandamases de la Isla sigan oponiéndose a la institucionalización de los derechos fundamentales.
Ciertamente, las sanciones comerciales y financieras impuestas hace más de medio siglo  contra la dictadura insular, están lejos de alcanzar sus fines pero hay que tener en cuenta que suprimirlas sin avances sustanciales en el respeto a los derechos humanos, derivaría en considerables costos políticos para el partido demócrata. ¿Qué lógica tendría un enfrentamiento de la administración Obama con los legisladores cubanoamericanos que defienden a capa y espada las medidas punitivas?
En el escenario son apenas visibles las señales de un deshielo. Más allá de las especulaciones y sus ecos mediáticos, lo que prevalece es la continuidad de las hostilidades tanto en el discurso como en las acciones, sobre todo desde La Habana.
La élite criolla parece sentirse cómoda en el papel que eligió representar. Convertirse en víctima de la única superpotencia ha sido una coartada que le ha granjeado el apoyo de medio mundo, además de proporcionarle la cobertura para reprimir a diestra y siniestra sin pagar por ello.
Romper ese esquema no está en los planes inmediatos de la nomenclatura. Sin un  enemigo externo, ¿cuál hubiese sido el destino de un sistema que codificó la ineficiencia  y ha batido records en la producción de consignas? 
Paradójicamente uno de los puntales económicos del socialismo que nos vendieron como una exquisitez y resultó ser un bodrio, son las remesas que envían los cubanos residentes en Estados Unidos a sus familiares.
Las retóricas incendiarias contra “el norte revuelto y brutal” son cortinas de humo para enmascarar las toneladas de alimentos de procedencia norteamericana que regularmente se descargan en puertos de la Isla.
Si a eso le añadimos el auge de los intercambios académicos y artísticos entre los dos países, se infiere que el embargo es una entelequia.
Pese a la certeza de las conclusiones, son escasas las probabilidades de que esa política sea desestimada.
Ambas cámaras del Congreso Federal tienen la potestad de decidir al respecto y los senadores y representantes de origen cubano vigilan cualquier movimiento contrario a sus designios para actuar en consecuencia.
¿Podrán mantener su postura ante una tendencia en vías de ampliarse en los próximos años?
Eso nadie lo sabe.
De lo que sí hay constancia es del mantenimiento de los niveles de impunidad de la policía política hacia del interior de Cuba.
En conclusión, estimo que el embargo hace tiempo dejó de ser una herramienta eficaz para presionar a la élite verde olivo que lo rebautizó como bloqueo con el fin de sensibilizar a los auditorios y de esa forma lograr la masividad en las condenas.
Ahí seguirá como una reminiscencia de la guerra fría y a la espera de que comience una verdadera transición en la Isla  para acabar de desmontar las restricciones que quedan en pie.

   
          
       
  
          

                        

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