martes, 9 de octubre de 2012

POLITICA


                                             DESENLACE  BIOLÓGICO.
                                                                           Jorge Olivera Castillo.
La experiencia invita a no confiar en las voces, ahora de Mitt Romney y Paul Ryan, respecto al compromiso de usar todas las herramientas políticas y económicas para que a Cuba llegue la democracia.
Los candidatos republicanos a la presidencia y vicepresidencia respectivamente, refuerzan su discurso contra la dictadura cubana, en aras de satisfacer a un sector de cubanoamericanos que parece conformarse con frases determinantes y promesas que casi siempre terminan en opacos destellos al cotejar los resultados con lo planteado inicialmente.
Volver a restringir los contactos familiares y el envío de  remesas, a la manera que lo hizo el presidente George W. Bush, no aportaría mucho a la causa de la libertad. La nomenclatura y sus huestes siempre contarán con los recursos necesarios para llevar adelante sus planes represivos. Por otro lado, las posibilidades de que ocurra un levantamiento popular a causa de las penurias y el cúmulo de insatisfacciones, siguen siendo dudosas.
Pese a que el régimen no cuente con un verdadero apoyo entre la población, sí puede disponer de un altísimo nivel de apatía, doble moral y mucho miedo, realidades que le proporcionan la cobertura necesaria para conseguir sus propósitos.
En los 8 años de la administración Bush (2000-2008), no hubo novedades, al menos que trascendieran los límites de las regulares acusaciones, demandas de apertura democrática y algunas medidas tangenciales, como las anteriormente mencionadas, que definitivamente reforzaron el papel de plaza sitiada que tanto necesitan los “gorilas” de La Habana.
En estos forcejeos verbales, el régimen de partido único, pudo sacar cierta ventaja en el plano diplomático y político. Al amplificarse la agresividad, más teórica que real, esto se tradujo en renovadas simpatías y silencios cómplices, de buena parte de la comunidad internacional.
Un ejemplo de la escasa funcionalidad de parte de las políticas puestas en práctica por los círculos de poder estadounidense frente al castrismo, son las votaciones casi unánimes contra un embargo que ha quedado como una pieza simbólica en el diferendo bilateral.
Si bien a estas alturas es imposible levantarlo de manera incondicional sin obtener nada de la otra parte, es pertinente no olvidar que su eficacia dista de ser satisfactoria.
Es algo, que hasta el momento, les conviene a los mandamases criollos.
Para que esa estrategia surtiese algún efecto de envergadura, tendrían que producirse otros eventos políticos, tanto internos como a nivel regional y mundial, que condujeran a un real aislamiento, tal y como sucedió con el apartheid en Sudáfrica.
Ese paquete de circunstancias puede que nunca lleguen a confluir. Son demasiados los detalles y las precisiones, algo que la historia no garantiza.
China, Rusia, Brasil y Venezuela son cuatro puntales, en mayor o menor medida, que contribuyen al sostenimiento de la dictadura insular.
Esto, desde el punto de vista geopolítico, indica que no habrá variaciones sustanciales en los próximos años.
En cuanto a la capacidad de influencia de los actores internacionales que buscan la reinserción de Cuba en la familia democrática mundial, hay que decir que es muy limitada.
Entre las mayores cuotas de atención dedicadas a otros asuntos internacionales, mucho más complicados que la problemática cubana, y la relativización de una actividad represiva donde no hay números impactantes de bajas mortales ni procedimientos de brutalidad masivos que logren conmover a la opinión pública internacional, el régimen va ganando tiempo.
Observando en perspectiva la postura de Estados Unidos frente a lo que ocurre en Cuba, es preciso señalar, al margen de los desaciertos, la importancia de una posición de principios que apuesta por el apoyo irrestricto a los opositores e integrantes de la sociedad civil alternativa.
Si no existiese este soporte moral y humanitario, peor hubiese sido el destino de quienes persisten en abogar, dentro de las fronteras nacionales, por un Estado de Derecho a un elevado costo físico y psicológico.
Pienso que ni republicanos ni demócratas están en disposición de cambiar sustancialmente sus respectivas agendas en lo tocante a Cuba. Salvo algunos matices, las cosas continuarán más o menos igual.
Particularmente creo, y perdonen los lectores mi pesimismo, que el desenlace no llegará mientras el liderazgo que inauguró este engendro, hace ya más de medio siglo, tenga la suficiente vitalidad para defender su disparatada filosofía.
La biología es su enemigo mortal, no un embargo con más poros que un queso Roquefort.
 



  
 
               

  
     

                                                             

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