Jorge Olivera Castillo.
Unas semanas antes de la culminación del 2011, la mayoría de los cubanos siguen enarbolando las mismas preguntas que sirven de soporte a sus agonías.
Las posibilidades para remontar los límites de una vida marcada por el azar y la ausencia de perspectivas halagüeñas, se mantienen congeladas.
Los intentos rectificadores que promueve la élite de poder, no pasan de ser pasillos de acróbata, embelecos para camuflar el limbo; uno de los posibles sitios hacia donde nos lleva una revolución montada sobre los ejes del capricho y la soberbia.
Es obvio que el margen para la esperanza en un futuro mejor, se reduce. Poco importa que los cantos de sirena, desde las bocinas del oficialismo, tengan nuevas melodías y sonido estereofónico. La cotidianidad filtra esos productos que articula la banda de charreteras y trajes verde olivo, que envejece frente a las partituras que confeccionaron para eternizar sus extravagancias y mediocridades.
Es preocupante la noticia que revela la existencia en Cuba de no menos de un cuarto de millón de personas con problemas psiquiátricos. Los informes que avalan este problema no dejan de ilustrar una verdad, quizás por debajo de cifran aún más pavorosas. Oportuno aclarar que la mayoría de los afectados, participan de la vida como ciudadanos aparentemente sanos.
Permanecer cuerdo en un país donde el trabajo honesto es el camino más corto a la miseria, el robo una necesidad para sobrevivir y la doble moral, una condición casi absoluta, es un privilegio.
La lógica del socialismo real tiene sus particularidades. Del afán por el control y la planificación, se ha llegado a un estatus que antagoniza con la prosperidad y la eficiencia.
La antaño promocionada igualdad de clase, es hoy una premisa a merced del polvo y el olvido.
A hurtadillas, es el retorno hacia un capitalismo que todavía estigmatizan sin medias tintas en las arengas patrioteras. Es la vuelta a 1959, a paso de tortuga. ¿De qué otra manera podría disimularse el ridículo ante los ojos de la historia?
Ese es el fatal destino de este viaje a la inversa que pudiera culminar en coordenadas mucho más azarosas.
En el trayecto no puede descartarse el naufragio. Las averías se suceden una tras otra y la época de los parches y los remiendos, con su manifiesta temporalidad, va mostrando los signos de la obsolescencia.
No aparecen las fórmulas para acabar con el interminable ciclo de chapucerías. Los recursos siguen malgastándose y la economía no logra desprenderse de sus lastres.
Por más que se busque, es difícil hallar señales que ameriten un relevo de los vaticinios donde el futuro se muestra con cara de pocos amigos.
Al leer recientemente, el caso de los miles de pesos en pérdidas, a causa de la negligencia, esta vez en una empresa procesadora de esponjas, se confirman las sospechas de los pretendidos logros en la recomposición del tejido económico.
La información publicada en una de las ediciones del semanario Trabajadores, cuenta que en el mes de julio se echaron a perder más de cuatro toneladas de este invertebrado porque no fueron procesadas en el tiempo requerido.
Aclaro que este ejemplo es solo la punta del iceberg. Frente a estas barbaridades, ¿se puede ser optimista?
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