Cochambre y supervivencia.
Jorge Olivera
Castillo.
Un
tipo desgarbado, harapiento, de tez negra y visiblemente borracho, vende tres
pares de zapatos viejos, un par de tomacorrientes mustios y algunos artículos
de plomería también con las huellas de haber sido tomados de un basurero.
Los
artículos están en el piso. Quien los oferta permanece sentado en uno de los
laterales del quicio que se levanta en el borde de la acera.
A
lo largo de la cuadra van llegando otros comerciantes con similares ofertas. A
simple vista se nota su divorcio con el agua y el jabón. Basta acercársele para
sentir el mal olor que se desprende de sus vestimentas, ver los trazos del
hambre en los rostros o las evidencias de una ebriedad crónica.
Algunos
pregonan sus productos en alta voz. Otros hacen mutis o se esfuerzan por no
quedarse dormidos. En pocos minutos son más de 20 personas, en su mayoría
hombres.
Pese
a encontrarse en las antípodas de marketing encuentran clientes.
Estos
últimos no pueden ocultar la alegría de haber hallado un grifo salpicado de
herrumbre, una cortina para baños empercudida y deshilachada en algunos de sus
extremos o un radio portátil que funciona aunque aparente lo contrario. Todo a
precio de ganga, con defectos, pero siempre útiles para paliar otras miserias.
El
mercado informal que describo tiene su mayor concurrencia en el segmento de la
calle Corrales entre Egido y Zulueta, en el capitalino municipio de la Habana
Vieja, aunque tuvo sus orígenes en la cuadra posterior.
Nadie
que pase por allí podría cuestionar que se trata de un espacio conquistado por
los usufructuarios de la extrema pobreza. Los hombres nuevos que no supieron adaptarse
a los zigzags de la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes,
tal y como lo proclamó Fidel Castro en uno de sus kilométricos discursos
durante la estructuración del socialismo, constitucionalmente irreversible
desde el 2002.
Ellos
son una extensión de la marginalidad que se ha apoderado del país.
Es
el triunfo de la cochambre y el mal gusto. El florecimiento de la indigencia
como alternativa a la desesperanza y el miedo.
El
aumento de ese sector en diversos puntos de La Habana, invita a hurgar en las
causas.
La
crisis habitacional, los salarios de servidumbre y la galopante inflación junto
a la ausencia de alternativas laborales viables, son a menudo los motivos para
refugiarse en el alcoholismo y las drogas.
El
destino final es la supervivencia en esos submundos paridos por las
circunstancias. La humildad llevada a extremos que las élites del gobierno
insisten en desconocer.
No
obstante ahí están los vendedores de la calle. Gente que no necesita una
licencia para ejercer la labor que le proporciona un sustento mínimo.
Solo
quieren sobrevivir a su manera y en eso parece que han logrado un cierto margen
de tolerancia por parte de los órganos del llamado Poder Popular y de la
policía.
Junto
a los ríos de aguas albañales, la mugre en la fachada de miles de inmuebles y
los apilamientos de escombros de las edificaciones que colapsan, están los cada
vez más numerosos grupos de indigentes.
Una
imagen imposible de ocultar tras el velo de las monsergas políticas.
En
el decimoquinto año del siglo XXI esos camuflajes están tan deslucidos como los
cachivaches que exhiben los mendigos de La Habana Vieja.