lunes, 4 de mayo de 2015

SOCIEDAD.

               Cochambre y supervivencia.
                              Jorge Olivera Castillo.
Un tipo desgarbado, harapiento, de tez negra y visiblemente borracho, vende tres pares de zapatos viejos, un par de tomacorrientes mustios y algunos artículos de plomería también con las huellas de haber sido tomados de un basurero.
Los artículos están en el piso. Quien los oferta permanece sentado en uno de los laterales del quicio que se levanta en el borde de la acera.
A lo largo de la cuadra van llegando otros comerciantes con similares ofertas. A simple vista se nota su divorcio con el agua y el jabón. Basta acercársele para sentir el mal olor que se desprende de sus vestimentas, ver los trazos del hambre en los rostros o las evidencias de una ebriedad crónica.
Algunos pregonan sus productos en alta voz. Otros hacen mutis o se esfuerzan por no quedarse dormidos. En pocos minutos son más de 20 personas, en su mayoría hombres.
Pese a encontrarse en las antípodas de marketing encuentran clientes.
Estos últimos no pueden ocultar la alegría de haber hallado un grifo salpicado de herrumbre, una cortina para baños empercudida y deshilachada en algunos de sus extremos o un radio portátil que funciona aunque aparente lo contrario. Todo a precio de ganga, con defectos, pero siempre útiles para paliar otras miserias.
El mercado informal que describo tiene su mayor concurrencia en el segmento de la calle Corrales entre Egido y Zulueta, en el capitalino municipio de la Habana Vieja, aunque tuvo sus orígenes en la cuadra posterior.
Nadie que pase por allí podría cuestionar que se trata de un espacio conquistado por los usufructuarios de la extrema pobreza. Los hombres nuevos que no supieron adaptarse a los zigzags de la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, tal y como lo proclamó Fidel Castro en uno de sus kilométricos discursos durante la estructuración del socialismo, constitucionalmente irreversible desde el 2002.
Ellos son una extensión de la marginalidad que se ha apoderado del país.
Es el triunfo de la cochambre y el mal gusto. El florecimiento de la indigencia como alternativa a la desesperanza y el miedo.
El aumento de ese sector en diversos puntos de La Habana, invita a hurgar en las causas.
La crisis habitacional, los salarios de servidumbre y la galopante inflación junto a la ausencia de alternativas laborales viables, son a menudo los motivos para refugiarse en el alcoholismo y las drogas.
El destino final es la supervivencia en esos submundos paridos por las circunstancias. La humildad llevada a extremos que las élites del gobierno insisten en desconocer.
No obstante ahí están los vendedores de la calle. Gente que no necesita una licencia para ejercer la labor que le proporciona un sustento mínimo.
Solo quieren sobrevivir a su manera y en eso parece que han logrado un cierto margen de tolerancia por parte de los órganos del llamado Poder Popular y de la policía.
Junto a los ríos de aguas albañales, la mugre en la fachada de miles de inmuebles y los apilamientos de escombros de las edificaciones que colapsan, están los cada vez más numerosos grupos de indigentes.
Una imagen imposible de ocultar tras el velo de las monsergas políticas.
En el decimoquinto año del siglo XXI esos camuflajes están tan deslucidos como los cachivaches que exhiben los mendigos de La Habana Vieja.
oliverajorge75@yahoo.com           

  

REPRESIÓN.

                  Fariseísmo a la carta.
                                                    Jorge Olivera Castillo.
El reverendo cubano Raúl Suárez ha puesto sus cartas sobre la mesa.
Ha dicho que Dios estaba presente en los aquelarres que protagonizaron los representantes del gobierno de la Isla, él incluido, en las actividades del Foro Paralelo previo a la Cumbre de las Américas, celebrada recientemente en Panamá.
Entre el despliegue solariego que incluyó groserías, gestos obscenos, golpizas y gritos patrioteros, estaba el espíritu del Señor, según afirma el pastor bautista devenido en emisario de Satán.
¿Qué otro calificativo merece un religioso que se congratula de participar en actos tan bochornosos?
¿Qué doctrina religiosa defiende tras haberse convertido en un activo miembro de las turbas encabezadas por el ex-ministro de cultura, Abel Prieto, con el fin de anular por la fuerza bruta a quienes fueron a exponer puntos de vista sin compromisos a priori con ningún gobierno? 
Con su actitud, Raúl Suárez vuelve a descalificarse. No es la primera vez que muestra, con patético orgullo, sus afectos a la ideología gubernamental.
En las declaraciones ofrecidas al sitio oficial La Jiribilla, el susodicho, dicho en buen cubano. “le puso la tapa al pomo”.
No pudo contener su amor por el régimen que aplica sin vacilaciones el garrote.
Con sus palabras bendijo las conductas incivilizadas que se han hecho rutinarias dentro de las fronteras insulares contra la oposición pacífica y la sociedad civil independiente.
Es, aunque lo niegue, un falso servidor de Dios. Alguien que utiliza el evangelio para justificar las peores causas.
Los puntos de vista expresados en el portal digital oficialista, quedan como evidencias de sus rastreras adhesiones.
Está bien que no estuviera de acuerdo con las ideas de los representantes de la Isla que no comulgan con el dogma del partido único, pero enrolarse en las pandillas que, incluso, pregonaban el linchamiento, es un insulto a las Sagradas Escrituras.
En vez de ser promotor del diálogo como herramienta en la solución de conflictos, Suárez apuesta por la violencia en todas sus formas.
Si algo no admite controversias es que los demonios estuvieron de fiesta en Panamá. El supuesto seguidor de Cristo, contribuyó a abrirles las puertas para que entraran por legiones.
Su lenguaje lo delata como un fiel soldado del modelo político cuya génesis es el ateísmo.
La religión que profesa es un velo para matizar el odio que siente hacia coterráneos que buscan refundar la nación sobre bases incluyentes y racionales.
Es una pena enterarse de la afinidad de este pastor con el salvajismo que hubo en la capital istmeña por parte de los cromañones de la “única y legítima sociedad civil cubana”.
Él se empeña en decir que vio a Dios en el centro de las barahúndas.
Las imágenes que transmitieron por la televisión cubana de los incidentes certifican que el Ángel de las Tinieblas estaba allí vestido de gala y riendo a mandíbula batiente.