OPOSICIÓN LEAL, ¿A QUÉ Y A QUIÉN?
Jorge Olivera Castillo.
Es
sin dudas la alternativa que cobra auge en los márgenes del atrincheramiento
político del partido comunista.
Más
allá de las teorizaciones sobre una nueva perspectiva dentro del marco
institucional vigente que facilite, a mediano plazo, el ejercicio de algunos
derechos sociales, cívicos y políticos hoy criminalizados, o sujetos a
estrictas limitaciones, se vislumbra una apuesta por articular una especie de
modelo más tolerante en términos relativos.
Podría
interpretarse como una de las premisas del post castrismo, que incluye la
connivencia con ciertos sectores del capital transnacional sin abandonar del
todo la arquitectura autoritaria.
El
nacionalismo, el avance en la descentralización económica y la exclusión de la
oposición tradicional, por carecer de una proyección patriótica y en defensa de
la soberanía nacional, según rezan algunos de los planteamientos del proyecto
de marras, que por cierto ha obtenido no pocas credenciales en la escena
internacional, son otros de los postulados sobre los cuales vale la pena
meditar y convencerse del peligro de una monopolización que obnubile las
posibilidades de otras alternativas.
Fundamentado
en un lenguaje conciliador y de indudable solidez intelectual, el discurso de
la llamada oposición leal, llega a persuadir y a crear una especie de
encantamiento, fundamentalmente, en personalidades e instituciones de prestigio,
allende los mares, interesados en la problemática cubana.
De
no haber una revisión a fondo de las tácticas y estrategias de las agrupaciones
que se enfrenan, desde hace más de tres décadas y a cara descubierta, al poder
hegemónico del partido único y sus entidades afines, se corre el riesgo de
quedar, dicho en buen cubano, “colgados de la brocha”. Es decir abandonados a
su suerte o en una especie de limbo donde se les escuchará por pura cortesía, sin
que de estos diálogos se deriven en apoyos reales o necesarias legitimaciones.
Así
de sencilla es la realidad que puede sobrevenir en medio de los recurrentes
conflictos personales, llevados a la palestra pública sin una pizca de
moderación y respeto mutuo, propuestas sin un mínimo de credibilidad o imposibles
de concretar en plazos razonables, amén de la reiteración de argumentaciones que
lejos de atraer prosélitos motivan el rechazo, abierto o disimulado, en los
respectivos auditorios.
Está
ampliamente comprobado que un llamado a tomar las calles con la intención de
reivindicar libertades o exigir la renuncia de Raúl Castro, no pasa de ser un
acto heroico sin resultados de envergadura.
La
abrumadora diferencia de fuerzas y medios en beneficio de la dictadura, debería
ser motivo para llevar a la práctica nuevas ideas más apegadas a las
circunstancias, más creativas y menos identificadas con caprichos,
personalismos y todo lo que ha afectado la unidad en un mismo propósito: la
democratización del país.
Es
elemental, hoy más que nunca, la profesionalización del discurso de la
oposición tradicional, pues la oposición leal no es cualquier cosa.
Urge
una reflexión sin medias tintas sobre cada uno de los errores que
desafortunadamente se repiten.
El
tiempo disponible demanda rectificaciones inmediatas. Pasar por alto esta
sugerencia sería cederle más terreno a quienes pretenden borrar tantos años de
sacrificios en aras de refundar la nación con una dosis mayor de racionalidad.
Sería
bueno conocer a fondo ¿a qué y a quién? son leales los integrantes de eso que
ciertas personas identifican como el germen de un bipartidismo que sirva como
tapadera democrática.
Desde
el punto de vista personal, siempre tendré mis dudas sobre coterráneos que no
han tenido reparos en hacerse eco de las diatribas gubernamentales contra la
sociedad civil independiente y los opositores pacíficos.
Eso
suena a oportunismo barato.