EL EMBARGO, MITO Y REALIDAD.
Jorge Olivera Castillo.
El
hecho de que 56% de los estadounidenses y 62% de los hispanos estén a favor del
levantamiento del embargo al régimen de La Habana, según un sondeo efectuado
recientemente, no es motivo para pensar en su derogación a corto plazo.
Ningún
presidente norteamericano se atreverá a potenciar un acuerdo, mientras los
mandamases de la Isla sigan oponiéndose a la institucionalización de los
derechos fundamentales.
Ciertamente,
las sanciones comerciales y financieras impuestas hace más de medio siglo contra la dictadura insular, están lejos de
alcanzar sus fines pero hay que tener en cuenta que suprimirlas sin avances
sustanciales en el respeto a los derechos humanos, derivaría en considerables
costos políticos para el partido demócrata. ¿Qué lógica tendría un enfrentamiento
de la administración Obama con los legisladores cubanoamericanos que defienden
a capa y espada las medidas punitivas?
En
el escenario son apenas visibles las señales de un deshielo. Más allá de las
especulaciones y sus ecos mediáticos, lo que prevalece es la continuidad de las
hostilidades tanto en el discurso como en las acciones, sobre todo desde La
Habana.
La
élite criolla parece sentirse cómoda en el papel que eligió representar.
Convertirse en víctima de la única superpotencia ha sido una coartada que le ha
granjeado el apoyo de medio mundo, además de proporcionarle la cobertura para
reprimir a diestra y siniestra sin pagar por ello.
Romper
ese esquema no está en los planes inmediatos de la nomenclatura. Sin un enemigo externo, ¿cuál hubiese sido el
destino de un sistema que codificó la ineficiencia y ha batido records en la producción de
consignas?
Paradójicamente
uno de los puntales económicos del socialismo que nos vendieron como una
exquisitez y resultó ser un bodrio, son las remesas que envían los cubanos
residentes en Estados Unidos a sus familiares.
Las
retóricas incendiarias contra “el norte revuelto y brutal” son cortinas de humo
para enmascarar las toneladas de alimentos de procedencia norteamericana que
regularmente se descargan en puertos de la Isla.
Si
a eso le añadimos el auge de los intercambios académicos y artísticos entre los
dos países, se infiere que el embargo es una entelequia.
Pese
a la certeza de las conclusiones, son escasas las probabilidades de que esa
política sea desestimada.
Ambas
cámaras del Congreso Federal tienen la potestad de decidir al respecto y los
senadores y representantes de origen cubano vigilan cualquier movimiento
contrario a sus designios para actuar en consecuencia.
¿Podrán
mantener su postura ante una tendencia en vías de ampliarse en los próximos
años?
Eso
nadie lo sabe.
De
lo que sí hay constancia es del mantenimiento de los niveles de impunidad de la
policía política hacia del interior de Cuba.
En
conclusión, estimo que el embargo hace tiempo dejó de ser una herramienta
eficaz para presionar a la élite verde olivo que lo rebautizó como bloqueo con
el fin de sensibilizar a los auditorios y de esa forma lograr la masividad en
las condenas.
Ahí
seguirá como una reminiscencia de la guerra fría y a la espera de que comience
una verdadera transición en la Isla para
acabar de desmontar las restricciones que quedan en pie.