REHENES.
Jorge Olivera Castillo.
La ecuación vuelve a fallar. Esta vez tampoco habrá canje ni nada que se le parezca. Los cinco espías cubanos seguirán cumpliendo sus largas condenas en cárceles norteamericanas y el contratista norteamericano Allan Gross, apresado en La Habana el 3 de diciembre de 2009, tendrá que procurar nuevas fuerzas para que no decaiga su esperanza en salir algún día de la celda donde cumple 15 años de privación de libertad.
A más de dos años de ocurrida la detención de Gross, resulta incomprensible que lo hayan encontrado culpable por el mero hecho de hallarle entre sus pertenencias equipamientos de comunicación vía satélite destinados a la pequeña comunidad judía de Cuba.
El encausamiento parece haber sido solo un pretexto legal para justificar lo que a todas luces es un secuestro. En el diseño del régimen comunista, faltaba una ficha con la cual al menos lograr un empate. Ese espacio lo ocupó este señor que ni por asomo imaginaba la falta de escrúpulos de sus captores. Según los sesudos que idearon la operación, en poco tiempo se lograría el intercambio de prisioneros, es decir los cinco oficiales de la contrainteligencia cubana por el ciudadano estadounidense. Tan alta fue la apuesta por este desenlace que incluso Fidel Castro se atrevió a prometer públicamente el retorno antes que expirara el 2011.
Para confirmar la imposibilidad del trueque soñado por los jerarcas de La Habana, la secretaria de Estado Hillary Clinton, ha ratificado recientemente la política del gobierno norteamericano frente a este problema de aceptar solo la liberación incondicional de un hombre que nunca debió ir a prisión por facilitarles el acceso a internet a los judíos cubanos. Respecto a los cinco, la alta funcionaria piensa que fueron juzgados con todas las garantías procesales, además de señalar que el asunto es competencia del poder judicial en un país donde los mecanismos democráticos son respetados.
La controversia bilateral, casi siempre caracterizada por un alto nivel de crispación, se torna un poco más escabrosa a partir de la decisión del gobierno cubano de mantener a Gross tras las rejas, pese a los reclamos de este de obtener tan siquiera un permiso temporal para visitar a su madre enferma con un cáncer terminal.
No hay que ser un experto para darse cuenta de los fines del grupo de poder que controla de manera exhaustiva todas las instituciones, incluidos los tribunales.
Sus pretensiones frente a este caso es continuar presionando por un canje, aunque fuera parcial, es decir entregar a Gross por dos o tres de los integrantes de la desarticulada Red Avispa, hallados culpables, en 1998, tras un meticuloso seguimiento del FBI.
Hay que destacar otro error de cálculo en la búsqueda de acciones a través de las cuales lograr la liberación de los cinco espías.
Aunque no existen los medios para confirmarlo, es de sospechar que el arresto y condena de 75 opositores e integrantes de la sociedad civil alternativa, en marzo de 2003, respondió a un plan proyectado para conquistar los mismos propósitos que ahora tampoco parecen tener un final, tal y como lo previeron sus gestores.
¿Fue una casualidad que escogieran a 15 líderes prodemocráticos para echarlos en la cárcel por cada uno de los cinco hombres sembrados en varios estados de Norteamérica por la Dirección General de Inteligencia (DGI), con sede en La Habana? No lo creo.
En aquella oportunidad los creadores del plan pensaron que podían comprometer a las autoridades de Washington, al presentarlo, como suelen hacerlo regularmente, en calidad de patrocinadores de las agrupaciones contestatarias dentro de la Isla.
Con el tiempo se desvanecieron las expectativas. Los espías continuaron en sus celdas y más del 95% de los 75 no cumplió ni la mitad de sus altas condenas. Aunque condicionalmente, todos fueron liberados a raíz de la repulsa internacional de gobiernos y personalidades, desde los mismos instantes en que se desarrollaba una de las mayores olas represivas en la larga historia del castrismo.
Ni los rehenes nacionales de la primavera de 2003, ni el actual, de ciudadanía norteamericana, serán la vía para traer de vuelta a los cinco hombres que realizaban actividades encubiertas dentro de territorio extranjero.
Es difícil saber cómo terminara este conflicto. Parece que la táctica de aprehender a ciudadanos indefensos y presentarlos como agentes de la subversión no es un medio eficiente. Deberían soltar a Gross y explorar otras tácticas.
Quizás la solución esté en dejar a un lado la política de plaza sitiada y comenzar el deshielo de unas relaciones que a estas alturas de la historia, traerían más beneficios que pérdidas para Cuba.
Tales designios no parecen estar entre las aspiraciones de la nomenclatura. ¡Qué lástima!
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