VIAJE DE RETORNO.
Jorge Olivera Castillo.
Un viejo amigo lo describe como un nuevo brochazo embellecedor con vistas a reforzar el camuflaje de las ruinas.
El vecino que decidió dejar su empleo como arquitecto para dedicarse a la venta de hortalizas en un agromercado, lo ilustra como otro giro acrobático de Raúl Castro que terminará “enredando más la pita”.
Ninguno confía en que las recientes medidas tomadas en una reunión ampliada del Consejo de Ministros, servirán para resolver los graves problemas económicos y socio-laborales.
Otras opiniones en relación al tema revelan similares antipatías. La indiferencia, el escepticismo o la burla conforman el grueso de las respuestas.
Aunque este tipo de actitudes no son nuevas, muestran un crecimiento proporcional al rango de las leyes y decretos que parten de diversas instancias del gobierno con inusitada frecuencia.
Mientras más alto sea el centro emisor de las directivas, el nivel de rechazo es mayor, a pesar de los silencios y murmuraciones condicionados por el miedo.
La restructuración de algunos ministerios y la creación de otro, con el objetivo de alcanzar niveles óptimos de eficiencia y racionalidad, así como la reducción de gastos innecesarios, es una noticia ideal para el bostezo o la trompetilla.
Motivos sobran para adoptar cualquier reacción que se encuentre en el sentido opuesto a la esperanza.
El ciclo de iniciativas del gobierno seguidas de incumplimientos totales o parciales, es parte de una cultura del fracaso que tiene sus fundamentos en la falta de estrategias coherentes.
Es muy difícil armonizar los preceptos ideológicos que condenan los elementos, incluso los más rudimentarios de la economía de mercad, con una dinámica real de desarrollo de todas las fuerzas productivas y los medios de producción.
Palabras como propiedad privada, empresario, democracia, derechos humanos y transición, por solo mencionar algunas, permanecen omitidas en el discurso oficial.
El trabajo de perfeccionamiento de los llamados Organismos de la Administración Central del Estado (OACE), que realiza la Comisión Permanente de Implementación y Desarrollo, es parte de un mecanismo incapaz de renovarse a causa de la falta de voluntad de la clase dirigente para despojarse de viejas recetas que apenas han cambiado desde que aparecieron como parte del instrumental para construir el socialismo.
Hoy tratan de salvar a este último con pinceladas capitalistas, cuando en realidad de lo que se precisa es de la remoción de una serie de estereotipos, caprichos, disparates y superficialidades que continúan retrasando la hora de las soluciones.
Insistir en arreglar una parte de las averías sin detenerse a pensar en fórmulas más comprometidas con el sentido común y la integralidad, es echar tiempo y recursos en saco roto.
El sistema, económica y políticamente, precisa de una revolución. ¿Que podría desmoronarse ante la vorágine de una apertura multisectorial?
Eso habría que incluirlo entre los probables desenlaces. Sin embargo, peor es la continuidad de un modelo que no genera las riquezas suficientes para mantenerse. Su sustentabilidad es a partir de la corrupción interna, la masiva ayuda exterior (antes la URSS y hoy Venezuela) y unos niveles de represión que no obstante su crueldad, carecen de una debida atención por parte de importantes instituciones y personalidades internacionales dedicadas a estos asuntos. Valga aclarar que no es unánime esta perspectiva, pero en sentido general existe un cierto nivel de relativización que cierra las posibilidades a una toma de conciencia que preceda a la implementación de medidas más enérgicas.
Volviendo al tema principal del artículo, los medios de comunicación (todos en poder del estado) divulgan que entre las medidas “renovadoras” aprobadas por el flamante Consejo de Ministros, aparece la transformación del Ministerio de la Industria Básica (MINBAS) en el Ministerio de Energía y Minas y la creación del Ministerio de Industrias, que surge de la fusión de las industrias Sidero-Mecánica, Ligera y Química.
Esto, de acuerdo a las notas informativas, se lleva a cabo con la finalidad de “avanzar en la separación de las funciones estatales y empresariales”.
Otros ministerios como el de Finanzas y Precios y de Trabajo y Seguridad Social también sufrirán cambios en los próximos meses.
La burocracia no cederá fácilmente, mucho menos con medidas que apenas cambian los matices del mismo problema. Aún tiene suficientes asideros para sobrevivir en medio de un caos que el régimen ha logrado contener con subterfugios reciclados o de última hora.
El término perfeccionamiento, tal y como lo esgrimen comandantes, ministros y voceros, no pasa de ser una especie de digresión en el transcurso de una singular tragicomedia donde se percibe una manifiesta habilidad para aplazar el final.
No es al azar que mi vecino alega la posesión de alguna cualidad extra de los políticos que siempre logran salirse con las suyas en medio de las circunstancias más adversas.
Para matizar su descontento, se complace en decir a sus interlocutores de confianza que la libertad para Cuba está cerca. No se atreve a detallar la distancia. Prefiere la prudencia para no errar en los cálculos.
Como alguien dijo, el socialismo es el camino más largo de vuelta hacia el capitalismo.
Cacofonías aparte, el creador del apotegma como bien dijera un cubano de a pie frente a un exceso de sabiduría: “El tipo se quedó vacío”.