jueves, 5 de abril de 2012

                                             VIAJE DE RETORNO.
                                                            Jorge Olivera Castillo.
Un viejo amigo lo describe como un nuevo brochazo embellecedor con vistas a reforzar el camuflaje de las ruinas.
El vecino que decidió dejar su empleo como arquitecto para dedicarse a la venta de hortalizas en un agromercado, lo ilustra como otro giro acrobático de Raúl Castro que terminará “enredando más la pita”.
Ninguno confía en que las recientes medidas tomadas en una reunión ampliada del Consejo de Ministros, servirán para  resolver los graves problemas económicos y socio-laborales.
Otras opiniones en relación al tema revelan similares antipatías. La indiferencia, el escepticismo o la burla conforman el grueso de las respuestas.
Aunque este tipo de actitudes no son nuevas, muestran un crecimiento proporcional al rango de las leyes y decretos que parten de diversas instancias del gobierno con inusitada frecuencia.
 Mientras más alto sea el centro emisor de las directivas, el nivel de rechazo es mayor, a pesar de los silencios y murmuraciones condicionados por el miedo.
La restructuración  de algunos ministerios y la creación de otro, con el objetivo de alcanzar niveles óptimos de eficiencia y racionalidad, así como la reducción de gastos innecesarios, es una noticia ideal para el bostezo o la trompetilla.
Motivos sobran para adoptar cualquier reacción que se encuentre en el sentido opuesto a la esperanza.
El ciclo de iniciativas del gobierno seguidas de incumplimientos totales o parciales, es parte de una cultura del fracaso que tiene sus fundamentos en la falta de estrategias coherentes.
Es muy difícil armonizar los preceptos ideológicos que condenan los elementos, incluso los más rudimentarios de la economía de mercad, con una dinámica real de desarrollo de todas las fuerzas productivas y los medios de producción.
Palabras como propiedad privada, empresario, democracia, derechos humanos y transición, por solo mencionar algunas, permanecen omitidas en el discurso oficial.
El trabajo de perfeccionamiento de los llamados Organismos de la Administración Central del Estado (OACE), que realiza la Comisión Permanente de Implementación y Desarrollo, es parte de un mecanismo incapaz de renovarse a causa de la falta de voluntad de la clase dirigente para despojarse de viejas recetas que apenas han cambiado desde que aparecieron como parte del instrumental para construir el socialismo.
Hoy tratan de salvar a este último con pinceladas capitalistas, cuando en realidad de lo que se precisa es de la remoción de una serie de estereotipos, caprichos, disparates y superficialidades que continúan retrasando la hora de las soluciones.
Insistir en arreglar una parte de las averías sin detenerse a pensar en fórmulas más comprometidas con el sentido común y la integralidad, es echar tiempo y recursos en saco roto.
El sistema, económica y políticamente, precisa de una revolución. ¿Que podría desmoronarse ante la vorágine de una apertura multisectorial?
Eso habría que incluirlo entre los probables desenlaces. Sin embargo, peor es la continuidad de un modelo que no genera las riquezas suficientes para mantenerse. Su sustentabilidad es a partir de la corrupción interna, la masiva ayuda exterior (antes la URSS y hoy Venezuela) y unos niveles de represión que no obstante su crueldad, carecen de una debida atención por parte de importantes instituciones y personalidades internacionales dedicadas a estos asuntos. Valga aclarar que no es unánime esta perspectiva, pero en sentido general existe un cierto nivel de relativización que cierra las posibilidades a una toma de conciencia que preceda a la implementación de medidas más enérgicas.
Volviendo al tema principal del artículo, los medios de comunicación (todos en poder del estado) divulgan que entre las medidas “renovadoras” aprobadas por el flamante Consejo de Ministros, aparece la transformación del Ministerio de la Industria Básica (MINBAS) en el Ministerio de Energía y Minas y la creación del Ministerio de Industrias, que surge de la fusión de las industrias Sidero-Mecánica, Ligera y Química.
Esto, de acuerdo a las notas informativas, se lleva a cabo con la finalidad de “avanzar en la separación de las funciones estatales y empresariales”.
Otros ministerios como el de Finanzas y Precios y de Trabajo y Seguridad Social también sufrirán cambios en los próximos meses.
La burocracia no cederá fácilmente, mucho menos con medidas que apenas cambian los matices del mismo problema. Aún tiene suficientes asideros para sobrevivir en medio de un caos que el régimen ha logrado contener con subterfugios reciclados o de última hora.
El término perfeccionamiento, tal y como lo esgrimen comandantes, ministros y voceros, no pasa de ser una especie de digresión en el transcurso de una singular tragicomedia donde se percibe una manifiesta habilidad para aplazar el final.
No es al azar que mi vecino alega la posesión de alguna cualidad extra de los políticos que siempre logran salirse con las suyas en medio de las circunstancias más adversas.
Para matizar su descontento, se complace en decir a sus interlocutores de confianza que la libertad para Cuba está cerca. No se atreve a detallar la distancia. Prefiere la prudencia para no errar en los cálculos.
Como alguien dijo, el socialismo es el camino más largo de vuelta hacia el capitalismo.
Cacofonías aparte, el creador del apotegma como bien dijera un cubano de a pie frente a un exceso de sabiduría: “El tipo se quedó vacío”.    







       


                                                  TRAGEDIA.     
                                                                 Jorge Olivera Castillo.
El mar continúa siendo la pista de escape. No son nada fáciles las rutas para llegar a otras tierras donde el socialismo de partido único sea una probabilidad remota, una pieza de museo, la entidad que se mira como a un ladrón disfrazado de sacristán.
En Cuba se cuentan por millares las personas con deseos de tomar los remos y lanzarse a una aventura de tintes suicidas.
Las vías a utilizar dependen del grado de desesperación, las disponibilidades monetarias para pagar el espacio en un yate con motor fuera de borda o las habilidades en el acto de concientizar a una amiga (o) extranjero sobre la necesidad de una carta de invitación o un matrimonio falso como medios de evasión.
No asombra que los cubanos interceptados en alta mar por el Servicio de Guardacostas de Estados Unidos hayan ido en aumento, tras las disminuciones ocurridas en los años 2009 y 2010.
Eso fue un breve paréntesis, motivado por diversas circunstancias, entre las que habría que citar la coincidencia de la disminución en la capacidad de los familiares en pagar a contrabandistas, debido a la crisis económica, y por otro lado la Ley de pies secos-pies mojados que obliga a devolver a la Isla a aquellas personas capturadas en alta mar.
Solo los cubanos que toquen tierra tienen derecho a beneficiarse con la Ley de Ajuste Cubano, promulgada a inicios de la década del 60, que facilita la inserción y garantiza el estatus de residente al año y un día.
Informaciones recientes indican que a seis meses del año fiscal, que comenzó el 1 de Octubre, el número de cubanos interceptados se eleva a 448. Alrededor de la mitad de todos los detenidos durante el 2011.
No faltan, en el gobierno, quienes esgrimen las dificultades económicas a la hora de fundamentar las causas de un éxodo que supera el millón de ciudadanos y que arroja cifras de muertos y desaparecidos ascendentes a varias decenas de miles de personas de todas las edades.
El componente político de este fenómeno queda omitido en las informaciones dadas a conocer por los medios controlados por el partido, que intentan dar una imagen de objetividad y transparencia.
Los candidatos a enrolarse en algún plan de fuga, saben que los quebradizos límites de su libertad personal, dependen del culto a rendir a una élite de poder que gobierna al país como si fuera una comarca medieval. 
Saben que le puede suceder lo mismo que al expreso político Ángel Moya Acosta por insistir en su activismo cívico, a favor de la democracia.
Hace pocos días que salió de los calabozos de una estación policial  del municipio Ciénaga de Zapata, de la provincia de Matanzas, ubicada a unos 100 kilómetros al este de La Habana.
“Allí, los verdugos son los mosquitos. No se puede dormir. Hay que estar espantándolos de día y de noche. Eso es un atentado contra la integridad física y psicológica, expresó Moya.
El oficial a cargo de la captura, le advirtió que esto era un paseo comparado con la llegada del verano y el consecuente aumento de los insectos.
La posibilidad de volver allí, de continuar su beligerancia porque en Cuba se respeten los derechos humanos, quedó abierta.
También por estos días, se supo de otras jornadas de acoso y arrestos, contra activistas pro derechos humanos y líderes de la oposición pacífica en diversas zonas de la geografía insular.
Dentro de este universo de abusos e impunidad, aparece el caso del doctor Jeovany Jiménez Vega que inició una huelga de hambre, en demanda de una inmediata derogación de la resolución ministerial, que lo inhabilitó en 2006 para ejercer la profesión por pedir un aumento de salario.
Es muy poco el espacio para documentar el rosario de arbitrariedades que ocurren a diario.
Al margen de todo este flujo y reflujo de hechos que vulneran la dignidad humana, se sigue legitimando a un régimen que nunca ha pasado por las urnas de una manera confiable. Solo lo ha hecho de manera utilitaria, a golpe de artimañas y sin dar derecho alguno a sus adversarios.
Las actitudes críticas que se levantan dentro y fuera de Cuba, no consiguen derribar los muros del despotismo.
Las golpizas, el maltrato y la cárcel siguen siendo las credenciales de quienes impúdicamente se promueven como paladines del respeto al prójimo y otras coartadas para cazar ingenuos y tontos útiles.
Irse no es una decisión tomada a la ligera. Es casi el denominador común de una población sometida al arbitrio de un grupo de políticos entre los que abundan la malicia y el desafuero.
El lema de una de las turbas parapoliciales que a menudo la emprenden contra las Damas de Blanco, con abucheos y golpes, ofrece la oportunidad de calibrar el nivel de represión existente.
¡Machete, que son poquitas! , gritan sin que les tiemble la voz.
Este llamado al linchamiento, por exigir la liberación de los presos políticos, es la esencia del terror; una de las razones por la que miles de cubanos prefieren marcharse sin preocuparse en el cómo y hacia dónde.
Ante tantas evidencias, el socialismo en Cuba es una mala palabra. Un engendro a echar, cuando llegue la oportunidad y sin pensarlo dos veces, en el basurero de la historia.

                                           ACCESO PROHIBIDO.
                                                           Jorge Olivera Castillo.
Los opositores y líderes de la sociedad civil que asisten cada semana a las salas de internet ubicadas dentro de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, tendrán que imitar a los perros a la hora de realizar sus necesidades fisiológicas.
Si las urgencias apremian durante la espera en las inmediaciones del parque de Calzada y K, será necesario acudir a los árboles aledaños o las escaleras de algunos de los edificios que rodean el lugar.
Ahora, además de las tradicionales acusaciones de propaganda enemiga y desacato contra las personas que disienten del dogma oficial, podrían esgrimirse otras tales como exhibicionismo o actos contra el ornato público si son atrapados en el momento en que vacían la vejiga o los intestinos.
Toda esta tragedia se origina a partir de la decisión del encargado del único baño público existente en el área. Este señor prohíbe la entrada a los servicios sanitarios, a todo el que le resulte sospechoso de pintar consignas antigubernamentales en las paredes del local.
El viernes 9 de marzo, al filo de las 10 a.m, hubo una reyerta a causa de la medida discriminatoria. Por fortuna fue breve y sin lamentar secuelas físicas de las partes en conflicto.
“Aquí no van entras más. Ya está bueno de cartelitos contrarrevolucionarios”, dijo el responsable del baño como preámbulo a un encendido intercambio de insultos y golpes.
Después del incidente, entre el grupo de personas que aguardaban por entrar a los turnos gratuitos de internet que, desde varios años se ofrecen en la sede diplomática a todos los cubanos interesados, llovían las especulaciones en torno a si ya estaban determinadas las personas impedidas de entrar al baño o si la decisión correspondía a la perspicacia del custodio en descubrir las intenciones de cada usuario.
Una alternativa que pudiera adoptarse para evitar otros episodios de violencia, estaría en la aplicación de una pesquisa en el interior del local después del tiempo consumido por alguna persona que le resultase sospechosa.

La agresiva postura del cuidador del baño induce a pensar en amenazas de privarlo de su puesto de trabajo de continuar las pintadas y los carteles contrarios a la ideología del gobierno.
También podría ser el temor a ser catalogado como cómplice de un hecho que tal vez lo considere plausible en otro baño, pero no del que se vale para sobrevivir. Aunque parezca increíble este tipo de empleo en Cuba aporta más ingresos que el recibido por muchos profesionales.
Diariamente, junto a las personas que van a navegar por la red de redes, acuden cientos de cubanos con la finalidad de gestionar visas de reunificación familiar o visitas. Por cada entrada al baño, sin que se lo pida nadie, todos los usuarios entregan una pequeña cantidad de dinero. Es un acto de agradecimiento a quien le brinda un servicio tan inestimable.
Quien no comulgue con la filosofía del régimen y se haya convertido en un disidente público, corre el riesgo de ser vetado por el hombre de mirada huraña y capaz de defender su puesto de trabajo a piñazo limpio.
Al igual que las universidades y las calles, los baños públicos también son de los revolucionarios.
Por si acaso, ante una inesperada negativa, hay que ir localizando los lugares menos accesibles dentro del perímetro. Por esos lares no abundan mucho.
A estos inconvenientes se añaden otras desafortunadas realidades: son demasiadas las cámaras con circuito cerrado y los policías.








                                           URBANIDAD, URBANIDAD.
                                                                    Jorge Olivera Castillo.
.  Por más que, desde los medios de prensa, se recabe la colaboración ciudadana para mantener limpio el ornato público y adoptar modales civilizados, la situación  refleja una continuidad que lleva al sobresalto.
Quien haya vivido en La Habana en los últimos 20 años, podría corroborar con cientos de ejemplos, el paulatino declive en ambos aspectos.
La falta de educación sigue ampliando sus límites no tan solo a partir de la cantidad de personas implicadas, incluidos no pocos profesionales; sino también respecto a la profusión de gestos chabacanos, palabras pedestres y actitudes que terminan  por convertirse en puñetazos sin manos.
¿Quién que resida en la capital o la haya visitado ocasionalmente, no ha sentido esos golpes impunes que salen tras las columnas exteriores del Museo de Bellas Artes transformado en un urinario público?
Tras el paso de los días, esas evacuaciones adquieren olores infernales de los cuales hay que evadirse con movimientos felinos.
Es mejor soportar los rayos solares del mediodía que enfrentarse a esos vapores lacrimógenos sembrados en diversos portales de la urbe capitalina.
Parques y escaleras de edificios multifamiliares se incluyen como destinos favoritos para los líquidos almacenados en las vejigas y los desechos que se acumulan en el tracto intestinal.
Es cierto que existen graves deficiencias en cuanto al número  de baños públicos disponibles en la ciudad, pero eso no justifica un proceder que ya se toma como parte de una cultura marginal donde vale todo, sin importar las afectaciones al medioambiente ni el desparpajo de exhibir las partes intimas del cuerpo en los instantes de la evacuación.
No solo mendigos y alcohólicos son los protagonistas de esas “decoraciones” fecales  que causan tanto pavor sobre todo después del desprevenido pisotón en los albores de la mañana o bajo el tibio fulgor de la luna.
A menudo, fundamentalmente jóvenes, no esperan llegar al inodoro de su casa. Les parece normal, si van en grupo, turnarse en la vigilancia para hacer sus necesidades fisiológicas.
Hace unos días una pareja de borrachos, hombre y mujer de la tercera edad, se las ingeniaban entre vahídos y lenguaje ininteligible, para orinar a pleno día en los portales de una de las tiendas de la céntrica calle Galiano, en el municipio Centro Habana.
El espectáculo era dantesco. Finalmente, la mujer evacuó su vejiga apoyada en sus rodillas y las palmas de sus manos, ante la mirada absorta de los transeúntes y los gritos de rechazo. Sus partes pudendas quedaron al aire libre. El hombre trataba de cubrirla con movimientos torpes y sin posibilidad alguna de tener éxito. El espectáculo terminó con los dos revolcados sobre el charco de orina y la demorada intervención de la policía.
Ni el barrio del Vedado, situado en el municipio Plaza, se salva de algo que pudiera estimarse como un viaje de regreso al primitivismo.
Otrora un sitio limpio y ejemplo de urbanidad, hoy no escapa del flagelo. Cada semana puedo observar como los dueños de perros y gatos, llevan a sus respectivos animales a la calle para que desocupen sus vísceras.
Es una contradicción las facilidades existentes para acceder a las escuelas y el crecimiento en espiral de las posturas irracionales.
El deterioro del vocabulario y la predisposición a zanjar los problemas interpersonales con el uso extremo de la fuerza, cierran el círculo de una tragedia.
Los términos casualidad, hechos aislados o exageraciones, quedan en los márgenes de estas historias.
Algo falló en la construcción del socialismo. Afortunadamente a La Habana le queda algo de civilidad. Es un reducto dentro de un escenario que cada día adquiere mayores semejanzas a un zoológico.