VIAJE AL CENTRO DE LA INVOLUCIÓN.
Jorge Olivera Castillo
Cada vez se sienten con mayor fuerza los aires tercermundistas que recorren las barriadas de La Habana.
Salvo zonas muy bien delimitadas, las ruinas y la mugre constituyen hoy un distintivo a prueba de irrevocabilidades. No solo es la estropeada arquitectura el sello de un modelo político varado en las orillas del absurdo. Delante o bajo esas edificaciones a punto de colapsar, permanecen los obreros que rumian sus desconsuelos, las amas de casa que buscan alternativas para soportar los embates de la escasez, los profesionales sentados sobre sus expectativas marchitas y las oleadas de jóvenes tratando de rebajar la pureza de su pesimismo con puntuales sorbos de alcohol y aguerridas jornadas de sexo y violencia.
Esa es parte de la escenografía que se observa en los primeros planos de una ciudad tan parecida a una postal de la postguerra.
Sin bombas ni desembarcos de la infantería enemiga, innumerables sitios de la capital, ofrecen una réplica de lo que un día fue Sarajevo después de la guerra civil ocurrida entre 1992 y 1995.
No hay manera de esconder esa suma de desastres que desdicen la eficacia de un dogma que insisten en colocar dentro de las volubles fronteras del socialismo.
Una vez más la teoría nada tiene que ver con la práctica. La degeneración del discurso prometedor y entusiasta, es evidente.
Cuba se acerca al término de un ciclo histórico que muestra un balance desfavorable, atenuado por obra y gracia del festinado uso de las estadísticas. Aunque a fin de cuentas como reza el axioma popular: aunque el mono se vista de seda mono se queda.
La propaganda, alrededor de una revolución que comenzó a perder su brillo a partir de 1968 con el afianzamiento del radicalismo en materia económica y social, hasta quedar como una suerte de chirimbolo de cuarta categoría, siempre ha aventajado a ese mundo real donde casi todo se malogra a causa de los burócratas y las descaminadas perspectivas de quienes dirigen el país con mentalidad de sargento mayor.
Hace pocos meses que proliferan por los barrios de La Habana unos carromatos convertidos en tarimas ambulantes que comercializan productos del agro, como es ya costumbre, a precios estratosféricos.
La imagen no ayuda a redefinir los conceptos que sitúan a Cuba en la ruta de la involución.
Muy al contrario este detalle refuerza la tónica de la depauperación de un país, sin dudas mejor en términos sociales que muchos países del área latinoamericana, pero lejos de ser un paradigma.
Ver el pugilato para agenciarse 10 libras de papas per cápita en los mercados estatales, además de denigrante, es una realidad que explica con lujo de detalles en qué nivel nos encontramos, al advertir la rudeza física y el lenguaje obsceno empleado en las trifulcas.
En pos del tubérculo van jubilados, niños, profesionales, amas de casa y obviamente un ejército de marginales que de diversas formas obtienen dinero a costa de la necesidad y la desesperación de los cientos de clientes.
Tanto los primeros turnos como el producto sacado por la izquierda, en componenda con los administradores del local, se venden al mejor postor.
Son escasas las razones para aplaudir la miríada de eventos que suceden hoy en detrimento de una existencia medianamente normal, a no ser que la acción esté condicionada por el miedo o el oportunismo.
Y que no sigan con la cantinela del embargo norteamericano. Las principales causas del desbarajuste son internas.
Sobran las certezas de que a estas alturas los culpables no van a aceptar su fracaso.
Es obvio que a pesar de todos los camuflajes, los ripios del tercermundismo se hacen notar cada vez más.
Ni la generosa ayuda de la antigua Unión Soviética en su momento, ni los petrodólares de Hugo Chávez ahora, fueron ni serán suficientes para darle lustre a un fraude.
Al final los frutos podridos de la mentira salen a la luz.
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