lunes, 27 de febrero de 2012

                          VIAJE AL CENTRO DE LA INVOLUCIÓN.
                                                         Jorge Olivera Castillo
Cada vez se sienten con mayor fuerza los aires tercermundistas que recorren las barriadas de La Habana.
Salvo zonas muy bien delimitadas, las ruinas y la mugre constituyen hoy un distintivo a prueba de irrevocabilidades. No solo es la estropeada arquitectura el sello de un modelo político varado en las orillas del absurdo. Delante o bajo esas edificaciones a punto de colapsar, permanecen los obreros que rumian sus desconsuelos, las amas de casa que buscan alternativas para soportar los embates de la escasez, los profesionales sentados sobre sus expectativas marchitas y las oleadas de jóvenes tratando de rebajar la pureza de su pesimismo con puntuales sorbos de alcohol y aguerridas jornadas de sexo y violencia.
Esa es parte de la escenografía que se observa en los primeros planos de una ciudad tan parecida a una postal de la postguerra.
Sin bombas ni desembarcos de la infantería enemiga, innumerables sitios de la capital, ofrecen una réplica de lo que un día fue Sarajevo después de la guerra civil ocurrida entre 1992 y 1995.
No hay manera de esconder esa suma de desastres que desdicen la eficacia de un dogma que insisten en colocar dentro de las volubles fronteras del socialismo.
Una vez más la teoría nada tiene que ver con la práctica. La degeneración del discurso prometedor y entusiasta, es evidente.
Cuba se acerca al término de un ciclo histórico que muestra un balance desfavorable, atenuado por obra y gracia del festinado uso de las estadísticas. Aunque a fin de cuentas como reza el axioma popular: aunque el mono se vista de seda mono se queda.
La propaganda, alrededor de una revolución que comenzó a perder su brillo a partir  de 1968 con el afianzamiento del radicalismo en materia económica y social, hasta quedar como una suerte de chirimbolo de cuarta categoría, siempre ha aventajado a ese mundo real donde casi todo se malogra a causa de los burócratas y las descaminadas perspectivas de  quienes dirigen el país con mentalidad de sargento mayor.
Hace pocos meses que proliferan por los barrios de La Habana unos carromatos convertidos en tarimas ambulantes que comercializan productos del agro, como es ya costumbre, a precios estratosféricos.
La imagen no ayuda a redefinir los conceptos que sitúan a Cuba en la ruta de la involución.
Muy al contrario este detalle refuerza la tónica de la depauperación de un país, sin dudas mejor en términos sociales que muchos países del área latinoamericana, pero lejos de ser un paradigma.
Ver el pugilato para agenciarse 10 libras de papas per cápita en los mercados estatales, además de denigrante, es una realidad que explica con lujo de detalles en qué nivel nos encontramos, al advertir la rudeza física y el lenguaje obsceno empleado en las trifulcas.
En pos del tubérculo van jubilados, niños, profesionales, amas de casa y obviamente un ejército de marginales que de diversas formas obtienen dinero a costa de la necesidad y la desesperación de los cientos de clientes.
Tanto los primeros turnos como el producto sacado por la izquierda, en componenda con los administradores del local, se venden al mejor postor.
Son escasas las razones para aplaudir la miríada de eventos que suceden hoy en detrimento de una existencia medianamente normal, a no ser que la acción esté condicionada por el miedo o el oportunismo.
Y que no sigan con la cantinela del embargo norteamericano. Las principales causas del desbarajuste son internas.
Sobran las certezas de que a estas alturas los culpables no van a aceptar su fracaso.
Es obvio que a pesar de todos los camuflajes, los ripios del tercermundismo se hacen notar cada vez más.
Ni la generosa ayuda de la antigua Unión Soviética en su momento, ni los petrodólares de Hugo Chávez ahora,  fueron ni serán suficientes para darle lustre a un fraude.
Al final los frutos podridos de la mentira salen a la luz.  
                                                   
                                       PROHIBIDO OLVIDAR.
                                                             Jorge Olivera Castillo.
Entre el feroz lenguaje del poder es perceptible el mensaje que dejó hace dos años Orlando Zapata Tamayo. Su muerte es un grito permanente contra el abuso que se actualiza en los talleres de la policía política.
El 23 de febrero de 2010, tras 85 días de huelga de hambre, se anunció su deceso. Era el último recurso para enfrentar a quienes lo atormentaban con recurrentes palizas verbales y físicas.
Desde un inicio se negó a aceptar el encierro por su postura cívica en defensa de los derechos humanos. Ningún recurso empleado para aplacar su rebeldía daba resultado. A cada acción de sus carceleros respondía con vehemencia sin más armas que sus cuerdas vocales.
Tras el arresto en marzo de 2003 su condena fue ampliándose hasta alcanzar varias decenas de años. Los verdugos buscaban su silencio a toda costa, pero fallaron en sus cálculos. Se enfrentaban a un hombre que apostaría al sacrificio en aras de mantener incólume su dignidad.
Recuerdo el pullover que solía mostrar su madre con una intensa coloración donde se mezclaba el rojo con el gris opaco de la mugre.
Era la evidencia de una de las brutales golpizas propinada por la jauría de guardias que en las cárceles tienen esa triste misión.
En aquella oportunidad su cráneo fue uno de los objetivos donde la cabilla se hundió, quizás más de una vez, para dejar abierto el orificio de donde salió la pintura que abarcaba casi toda la superficie de la prenda de vestir.
A pesar de la sistematicidad de esos apabullamientos con su carga de lesiones físicas y psicológicas, Zapata Tamayo no cedía en sus intentos de protestar por un ambiente carcelario que se caracteriza por insufiencias de todo tipo, incluidas las relacionadas con un trato humano.
A la par de sus críticas contra el régimen que había ordenado su encarcelamiento, dejaba saber, también a viva voz, la corrupción de los administradores y subordinados de las prisiones por donde peregrinó hasta encontrarse con la muerte y la falta de condiciones de acuerdo a los reglamentos internacionales vigentes.     




Desafortunadamente no ha sido el último prisionero político cubano que pierde la vida mediante una huelga de hambre.
Hace pocas semanas, el 20 de enero, falleció en similares circunstancias el preso político Wilman Villar Mendoza.
En 50 días su corazón se detuvo a causa de los efectos producidos por la privación de alimentos.
Informaciones recientes citan el caso de Ernesto Borges Pérez, quien lleva varios días en huelga.
Según declaraciones de su padre, ha perdido alrededor de 12 kilogramos de peso, presenta un cuadro asmático, además de enfisema pulmonar.
Borges, ex oficial de la Seguridad del Estado, fue condenado a 30 años por presuntos delitos de espionaje.
Una interpretación literal de la situación conduce a las peores premoniciones de no cesar la protesta o recibir de inmediato asistencia médica.
No hay indicios de que la realidad que provoca este tipo de conductas vaya a cambiar.
La próxima visita, a finales del marzo, del papa Benedicto XVI no indica nada nuevo en el panorama insular referente a una apertura antecedida por una amnistía general y una profunda revisión del código penal que elimine los castigos por ejercer derechos inalienables.
A dos años de la muerte de Zapata Tamayo, su imagen permanece prendida en la memoria de muchas personas en Cuba y el mundo.
No importa que el ex presidente brasileño Luiz Inacio Lula Da Silva, se haya unido al grupo de quienes intentaron mancillar su ejemplo a través de la calumnia, cuando todavía el cadáver estaba insepulto.
Lula no tuvo reparos en calificar a Zapata como un delincuente común. Al final, la historia pondrá las cosas en su lugar.
Ojalá en el futuro cercano, todos los participantes en ese coro infame tengan el valor suficiente para arrepentirse. A algunos no le quedará otra alternativa que hacerlo frente a un tribunal.